Guerra, Paz y Política en la obra de Clausewitz

Por José Baqués Quesada
Sumario: 1) La teoría de la guerra ideal o abstracta; 2) La negación del carácter científico de la guerra; 3) Hacia una definición de la guerra real; 4) Relación entre guerra y política; 4.1) La preparación y la dirección de la guerra; 4.2) Los diferentes tipos de guerra; 4.3) La guerra y la paz; 5) Conclusiones.
Sumario: 1) La teoría de la guerra ideal o abstracta; 2) La negación del carácter científico de la guerra; 3) Hacia una definición de la guerra real; 4) Relación entre guerra y política; 4.1) La preparación y la dirección de la guerra; 4.2) Los diferentes tipos de guerra; 4.3) La guerra y la paz; 5) Conclusiones.
1) La teoría de la “guerra ideal o abstracta”.
La guerra es definida por Clausewitz como un “acto de fuerza destinado a obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad”1[1]. Ahora bien, si nos conformamos con este concepto, sin llevar a cabo ningún esfuerzo de contextualización, aparece ante nosotros una idea de la guerra que no reconoce límites externos, es decir, autodeterminada hacia la consecución de su único fin posible: la victoria total e incondicional, a toda costa y mediante el empeño de todos los recursos materiales y humanos disponibles por parte de los beligerantes.
Así vista, la guerra no es que no posea reglas –sin duda las posee, desde el momento en que no segrega una violencia gratuita ni ciega- sino que esas reglas vienen dadas desde la propia evolución del conflicto, su lógica es puramente interna y no admite constreñimientos de ningún género, provenientes de otras esferas de la vida social. En este caso, pues, la guerra es soberana y supedita a sus necesidades y objetivos al resto de factores que pueden incidir en su resultado. En la teoría, no requiere de ningún referente ajeno a su propia dialéctica para hallar justificación.
En la práctica, no debe pretenderse su sujeción a criterios exógenos para evitar la consiguiente pérdida de eficacia en la búsqueda de la victoria. La ventaja de operar con un tal concepto es su claridad, su pureza y, consecuentemente, su mecánica fácil. En efecto, Clausewitz apunta que los “objetivos” de la guerra en estado ideal son siempre tres: la “destrucción” de los ejércitos enemigos (hasta garantizar que no pueden continuar luchando); la “ocupación” física del país (para evitar nuevos reclutamientos) y el “quebrantamiento” de la voluntad de nuestro antagonista que es, en última instancia, lo que verdaderamente decanta la guerra a favor de uno de los contrincantes.
Por tanto, la guerra vista en abstracto, en un terreno meramente conceptual, aporta varias características a destacar: en el plano filosófico se constituye como un fin en sí misma; en el de la ejecución, como un conflicto especialmente cruel –la violencia a emplear queda virtualmente ilimitada y será legítima siempre que sea congruente con la obtención del objetivo de la victoria definitiva o, en su caso, con alguno de los objetivos mediáticos citados en el párrafo anterior-.
Sin embargo, ésta no es la guerra que Clausewitz analiza. Al contrario, su empeño consiste más bien en su desmitificación. Pero el interés que le mueve no es meramente especulativo. Lejos de ello, procura ceñirse a la realidad de la guerra. La experiencia le demuestra, salvo raras excepciones, que en la Europa de su tiempo la guerra avanza en otra dirección. Partiendo de esta premisa, su obra puede ser interpretada como una tentativa de explicar la verdadera naturaleza de la guerra, es decir, la que asume en la práctica, más acá de los tópicos al uso. En última instancia, procura poner al descubierto la enorme brecha que separa la guerra ideal o abstracta antevista de las guerras reales que se libran frecuentemente entre Estados, privilegiando a éstas frente a aquélla por la sencilla razón de que son las que mejor se adaptan a la necesidad de comprender este fenómeno social de cara a su mejor gestión.
Clausewitz es, en el fondo, un hombre eminentemente pragmático. La teoría está al servicio de la práctica pues de lo contrario carece de sentido. No pretende decirnos como “debería ser” la guerra, sino como “es” realmente. Sólo así puede cumplir con su deseo de aportar elementos de utilidad en beneficio de los que han de dirigir los ejércitos, sean civiles o militares –cada cual en su esfera de responsabilidad, de hecho-.
2) La negación del carácter científico de la guerra2[2].
Otro de los rasgos sobresalientes de la obra que Clausewitz nos ha legado es, a mi entender, el énfasis que pone en advertirnos acerca de la dificultad que entraña acercarnos a un fenómeno tan complejo. Actitud que contrasta con la de otros teóricos de su tiempo, cuya fe en el racionalismo y las disciplinas derivadas les hacía concebir la guerra como algo predeterminable en todos sus aspectos, así como orientable a voluntad de los líderes militares a través de maniobras bien ensayadas. La guerra entendida como una nueva versión de la geometría, en definitiva. Pero nada está más lejos de la opción clausewitziana.
Por lo pronto, acentúa el papel que juegan las fuerzas morales, marginadas, cuando no olvidadas, con anterioridad. El problema que plantea su estudio radica en la dificultad de codificarlas, tanto como en la de saber gestionarlas. Ello no obstante, peor es su omisión del análisis de la guerra, puesto que su deterioro puede convertir en papel mojado la mejor de las estrategias diseñadas sobre el tablero de operaciones. Por el contrario, menospreciar unas energías no visibles en los mapas puede acarrear malas consecuencias para el líder que con un exceso de confianza cree derrotadas a unas tropas todavía hábiles para el combate o la resistencia contra su antagonista.
La guerra, a lo sumo, puede ser un “arte”, en el cual juega un papel tan importante la teoría, como el genio del líder, como la moral de las tropas, como imponderables que impiden la metódica traslación de los planes al campo de batalla. Sólo entendiéndola de este modo es posible adaptarse a su peculiar naturaleza y, con ello, salir bien librado de la misma. Ahora bien, eso no significa que no deba ser estudiada con rigor. Una cosa es no dejarse seducir por los cantos de sirena antedichos y otra muy distinta partir de la más absoluta ignorancia. Ambos extremos han de ser excluidos3[3]. Porque esta ignorancia no es sino negligencia, teniendo en cuenta las múltiples experiencias que las guerras nos han dejado y la información que de las mismas se deduce. Clausewitz propone servirnos de ellas para mejor comprender lo que está en juego. Pero con prudencia, sin que de su investigación se deduzcan reglas infalibles. Por ello avisa que “el crítico nunca debe emplear los resultados de la teoría como leyes y normas, sino sólo, como hace el soldado, como ayudas al juicio”4[4]. Aboga, en el fondo, por llevar a cabo estudios de caso, en profundidad, de forma que la historia militar se transforme en una “fuente de instrucción” para los interesados. Pero no admite que las conclusiones sacadas de una determinada campaña sean consideradas como el nuevo catecismo de la guerra.
El “arte” de la guerra consiste, precisamente, en saber adaptar ese bagaje previo a las circunstancias de cada campaña, desechando lo inadecuado, aprovechando lo conveniente. Pero, a su vez, el buen hacer en esta tarea depende de la “intuición” del comandante, más que de alguna hipotética receta definible apriorísticamente: “en este punto, la actividad intelectual abandona el terreno de las ciencias exactas, de la lógica y de las matemáticas. Se convierte en un arte en el más amplio sentido del término; la facultad de utilizar nuestro juicio para discernir los elementos más importantes y decisivos entre una enorme variedad de hechos y situaciones”5[5]. Son constantes, en este sentido, sus apelaciones al “genio militar” así como su rechazo a las leyes universales tan de moda en su tiempo6[6].
En síntesis, la concepción científica de la guerra sólo es factible si regresamos a un concepto “ideal” o “abstracto” de la misma, que es de lo que huye Clausewitz. Como contrapartida, una visión de la guerra “real” necesita de una perspectiva óntica congruente. La noción de “arte” no es completamente ateórica, pues se nutre de los principios elaborados por los expertos a partir de las guerras ya desarrolladas. Sin embargo, sí choca con la pretensión de convertir esos principios en dogmas de fe: “la teoría debe ser estudio, no doctrina”, nos dice7[7]. La guerra como “arte”, en manos del “genio”, supone la conversión de esos principios en elementos auxiliares de la decisión. Supone pues, también, la negación de todo despotismo axiomático, al quedar negada su autoridad científica.
3) Hacia una definición de la “guerra real”.
En los dos apartados anteriores hemos visto lo que, en mi opinión, son las hipótesis de partida del análisis de Clausewitz, a saber, la necesidad de superar el concepto de la “guerra ideal o abstracta” para comprender su naturaleza real y el escepticismo respecto a la aproximación científica a dicho fenómeno. Partiendo de esta base, ahora se trata de poner de relieve los considerandos en los que se apoya el prusiano para ir reconstruyendo su propia imagen de la guerra. La operación es muy sencilla: destaca algunas de las carencias que la guerra tiene –si la entendemos en su primigenia acepción, esto es, como autodeterminada- y sobre ese elenco de circunstancias modificativas de su noción abstracta pone los cimientos del edificio conceptual alternativo. De este modo, pues, los déficits de la guerra ideal constituyen las características definitorias de la guerra real.
¿Cuáles son, entonces, esas desviaciones sobre el concepto abstracto de la guerra? Clausewitz agrupa bajo el rótulo de “modificaciones prácticas” hasta tres datos que cercenan su carácter “absoluto”: en primer lugar –y sobre todo- el hecho de que la guerra no es un acto aislado, sino que obedece a acontecimientos políticos coetáneos. En segundo lugar, el hecho de que ningún bando tiene capacidad real para movilizar al unísono todos los recursos materiales y humanos de los que, sobre el papel, dispone. Finalmente, Clausewitz duda de que un resultado que en términos estrictamente militares puede ser calificado de definitivo, lo sea de verdad en términos políticos, puesto que ahí intervienen muchos factores de índole moral que trastocan la lógica castrense. Los tres datos aparecen siempre que “los antagonistas dejan de ser meras ficciones teóricas y se transforman en Estados y Gobiernos reales”8[8], de modo que son indesligables de toda manifestación empírica de la guerra.
Por otra parte, a las variables anteriores se les unen otras de mayor indefinición, si cabe, pero no por ello menos relevantes. Clausewitz alude a ellas cuando, al final del capítulo más logrado de su libro, recoge como argumentos que interfieren constantemente en la resolución del conflicto a las “pasiones” (odio, enemistad, violencia entre las partes) a la “razón” (en manos de los gobiernos y en cierto modo vinculada a la primera de las “modificaciones prácticas” antes citadas) e, incluso, al azar. En conjunto componen lo que él define como una “paradójica trinidad” cuya incidencia es difícil de prever puesto que la relación entre los tres no es fija, sino que varía en función de cada guerra9[9].
De hecho, ya en el Libro VIII se había preguntado “¿por qué el concepto teórico no se cumple en la práctica?”, respondiendo que “la barrera en cuestión consiste en la variedad de factores, fuerzas y situaciones de los asuntos nacionales que se ven afectados por la guerra (...) Esta inconsistencia puede aparecer en uno u otro beligerante o en ambos y es la razón por la que la guerra se convierte en algo bastante diferente de lo que debería ser según la teoría. Se convierte en algo incoherente e incompleto” (p. 824). Como puede apreciarse, en el momento en que redactó estas líneas, Clausewitz ya posee, digamos, la intuición que luego desarrolla con más precisión en el revisado capítulo 1 del Libro I10[10]. Por lo demás, llama la atención el hecho de que la “guerra real” sea explícitamente valorada como algo “incoherente e incompleto”, en la medida que ello supone mantener la preeminencia lógica de la “guerra ideal o abstracta” (preeminencia ya revocada por el propio Clausewitz en el terreno de los hechos, ciertamente). Probablemente, pues, sólo con la redacción mejorada del Libro I, capítulo 1, Clausewitz culmina la tarea consistente en asignar a la “guerra real” el carácter de única guerra verdadera, marginando a ámbitos especulativos el concepto de “guerra absoluta” (lo cual, a su vez, no quiere decir que lo olvide definitivamente).
Por mi parte, como quiera que pronto voy a centrarme en las relaciones entre guerra y política, por ahora quiero resaltar algunas de las otras limitaciones –por oposición, precisamente, a las políticas- que también contribuyen a hacer impracticable una “guerra ideal”, “absoluta” o “abstracta” o, dicho en positivo, que nos abocan hacia la noción de “guerra real”. Sin pretensión de exhaustividad, pero con ánimo de completar los elementos que ya han quedado señalados, podemos recoger los siguientes11[11]:
- los problemas de inteligencia, es decir, relativos a la información disponible acerca de la situación actual del enemigo. Su dimensión es tal que Clausewitz habla del “abismo” existente entre la planificación que se lleva a cabo gracias a la misma y la ejecución final: “en la guerra muchos informes de inteligencia son contradictorios, muchos más falsos y casi todos inciertos (...) y el miedo contribuye a multiplicar las mentiras y las inexactitudes”12[12].
- los problemas de “resistencia” (o, mejor, de la falta de resistencia, entendida ésta como el impacto de la erosión en la moral y el físico, dado que “la guerra es el reino del esfuerzo físico y del sufrimiento. Estas dos fuerzas destruyen a quien no se hace indiferente a ellas”13[13]). Como el anterior, este es un dato que, con mayor o menor intensidad, permea la vida de los ejércitos en campaña, limitando su operatividad teórica: “Así como la fuerza de los hombres se agota y deja de responder a su voluntad, la inercia del conjunto va recayendo únicamente en la fuerza de voluntad del Comandante” pero si éste “pierde su posición, si su valor ya no logra reavivar el valor de sus hombres, la masa le arrastrará al fondo de un mundo de brutalidad donde el peligro se esquiva y no se conoce la violencia”14[14].
- los inconvenientes derivados de tener que lidiar con el factor azar: “como el azar actúa sobre todo, el mando descubre continuamente que las cosas no son como esperaba”15[15]. Además, a diferencia de los anteriores, no existe antídoto contra este imponderable, salvo extremar las precauciones en las operaciones, que también acaba siendo un argumento que limita la teórica agilidad de los ejércitos.
Vistas estas circunstancias, es el momento de centrarnos en el núcleo duro de la obra de Clausewitz, el que hace que la guerra no deba contemplarse como un acto aislado y el que ha hecho que las tesis del de Magdeburgo sean consideradas como un punto de inflexión en la teoría de la guerra. Porque, en efecto, “antes del siglo XIX, el esfuerzo doctrinal en cuestiones militares sólo se había ocupado de la guerra en sí misma, exactamente como si constituyera un conjunto de actos y acontecimientos independientes. Clausewitz tiene el mérito, en cambio, de situarla en su marco lógico e histórico, enseñándonos que es la política la que no sólo engendra la guerra real, sino que la delimita en cualesquiera casos particulares. Virtualmente la guerra está contenida en la política, de la que constituye uno de los elementos, a veces la ultima ratio”16[16]. Veamos, entonces, el alcance de las reflexiones del prusiano.
4) La relación entre guerra y política.
4.1) La preparación y la dirección de la guerra.
Este postulado será, desde ahora, el hilo argumental del análisis, siendo mi objetivo el de exprimir al máximo su contenido, pero también el de apuntar lo que creo son matices importantes al mismo. Porque, en definitiva, ¿Cuáles son las consecuencias que se derivan de esta afirmación tan básica? ¿Hasta dónde quiere llegar el autor? ¿Qué papel ha de jugar el “guerrero” profesional en este nuevo paradigma? ¿Tiene derecho la guerra, a pesar de todo, a pedirle o hasta a exigirle algo a su nuevo amo, la política? Estas preguntas no son de respuesta obvia para quien no haya leído a Clausewitz, en la medida que no se deducen inmediatamente del aforismo al uso: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, y sospecho que tampoco son retóricas para lectores diversos del mismo, dada la relativa complejidad de los razonamientos del autor. En todo caso, evolucionaré desde los aspectos más generales hacia las cuestiones más de detalle, tratando de dar respuesta a estos temas.
Para empezar, hay que tener en cuenta que gracias a la entrada en escena de la política, la “guerra ideal” ve transformada su naturaleza, al dejar de ser un fin en sí misma, para convertirse en sólo un medio, una herramienta, si se prefiere, de una lógica que la supera por doquier. Por tanto, la “guerra real” deviene un fenómeno heterodeterminado, que sólo se justifica por referencia a las decisiones que se toman en la esfera política de cada sociedad. En adelante veremos hasta donde alcanza este principio, clave de bóveda del edificio clausewitziano, pero bueno es señalar desde el primer momento que por mor del mismo la política, que por un lado niega la guerra en su versión más radical (ideal y abstracta, además de absoluta en sus formas y objetivos), se convierte por otro lado en condición de posibilidad de su verdadera existencia, la única posible, la que es congruente con la realidad de las cosas.
A partir de esta premisa es pertinente empezar a desentrañar las implicaciones prácticas que de ella se deducen. Por ejemplo, de la máxima sí se infiere, indiscutiblemente, que son los políticos con responsabilidades gubernativas quienes deciden la oportunidad o la conveniencia de empezar una guerra. Probablemente también sean los competentes para negociar la paz y poner fin al conflicto –volveré sobre ello-. Sin embargo, ¿en qué medida lo son para dirigir la guerra una vez comenzada?. Con otras palabras: ¿mantiene la política su liderazgo constantes las operaciones militares? y, en caso afirmativo, ¿hasta qué punto?. La pregunta no debe ser baladí cuando “Clausewitz, al menos al final de su vida, nunca suscribió la doctrina que habrían preferido todos los jefes de guerra alemanes: la libertad de acción entre el primer cañonazo y las negociaciones de paz”18[18] e incluso en épocas posteriores a la que contempla la aparición del genio de Clausewitz han existido grandes líderes (normalmente militares) que han puesto en duda el liderazgo político en tiempo de guerra. Pero ¿cuál es la apuesta que hace el discípulo de Scharnhorst en este punto?.
Por lo pronto reconoce que la esfera política no sólo decide si se debe dar el paso que nos conduce a la guerra o no, sino que, además, decide también el tipo o la intensidad de guerra a desarrollar, de modo que, efectivamente, entra a definir cuestiones de contenido (digamos, operativas, especialmente en el plano estratégico). Así, el esfuerzo bélico ya no es un dato que corresponda delimitar a los expertos, sino que viene condicionado, (prefigurado, de hecho), por la realidad política de cada Estado: “depende de la graduación de las exigencias políticas que haya en cada bando” y, especialmente, del “carácter, la voluntad y la capacidad de los gobiernos”19[19]. Más taxativamente, Clausewitz reconoce que “difícilmente puede concebirse que, al declararse la guerra, el punto de vista político deje por completo de contar, a menos que el odio en estado puro hiciese de todas las guerras una lucha a vida o muerte. De hecho, como ya hemos dicho, éstas no son sino expresiones de la propia política. Subordinar el punto de vista político al militar sería absurdo porque es la política la que ha creado la guerra. La política es la inteligencia que dirige y la guerra sólo el instrumento y no al contrario. Por tanto, no existe otra posibilidad que subordinar el punto de vista militar al político”20[20].
Esta exigencia de supeditación a la política en pleno conflicto, que en principio lo es por coherencia con el axioma del cual se parte, no se ve conculcada por las exigencias de eficacia en la conducción de la guerra, como mínimo a ciertos niveles, quedando excluídas de su égida, tan sólo, cuestiones menores –y siempre circunscritas al ámbito táctico-: “La política, por supuesto, no extenderá su influencia a los detalles operativos. Las consideraciones políticas no determinan la forma en que se apuestan centinelas o se emplean patrullas pero tienen una gran influencia a la hora de planificar la guerra, la campaña e incluso con frecuencia la batalla”21[21]. Luego la prescripción debida en base a un principio que casi podríamos definir como genético (la guerra se somete a las directrices políticas porque trae causa de la política) se ve reforzada en base a considerandos más prácticos. No parece que Clausewitz aprecie grave riesgo para la evolución del conflicto bélico en caso de que desde la esfera política se influya sobre la marcha de las operaciones... siempre que aquélla no se adentre en los aspectos más técnicos de éstas.
En este caso el matiz es de poco calado, con lo cual la posición de Clausewitz es clara en el sentido de extender la potestad decisoria de la política sobre la guerra a los momentos más álgidos del enfrentamiento armado.
Pero esta primera aproximación a las relaciones entre guerra y política nos invita, casi naturalmente, a analizar la relación entre élites civiles y militares en ese contexto. Y, en este caso, los matices aportados sí son más incisivos. En primer lugar, Clausewitz no considera que el militar deba limitarse a ser un ejecutor aséptico de las órdenes recibidas desde la cúspide del poder político. Una cosa es que no deba pretender la asunción de un liderazgo que no le corresponde y otra muy distinta –e indeseable- es que se le deba excluir de la reflexión política. Nada más lejos de las exigencias de la “guerra real”, por lo demás. En efecto, si la guerra es un medio del que se sirve la política para cubrir sus propios objetivos, razón de más para que el militar se preocupe, activamente, por la situación política de su propio país.
El argumento es sólido, a mi entender. La subordinación de la guerra a la política exige un esfuerzo añadido de disciplina al militar, ciertamente, pero eso no es lo que se discute. Antes bien, Clausewitz entiende que el mejor modo de garantizar la adecuación de la actividad estrictamente castrense a las exigencias de la política es que el mando militar también sea, en última instancia, un ciudadano interesado e informado. Varias son las razones que pueden aducirse a favor de esta tesis. En primer lugar, esta dinámica favorece que se compartan los mismos valores, incluyendo entre ellos, precisamente, la noción de subordinación a la política. En segundo lugar, sólo desde esta doble perspectiva el mando militar puede captar, más allá de una obediencia ciega, no recomendable, lo que la alta política le está pidiendo a sus ejércitos. Más todavía, el alto mando militar no es equiparable solamente al ciudadano, sino directamente al hombre de Estado, al político de elevadas responsabilidades.
También ésta es una exigencia de la guerra sometida a la política. Para poder movilizar y dirigir con éxito al conjunto de los recursos materiales y humanos de cada Estado, el militar debe reunir propiedades cercanas a las del político, junto a las específicas de su profesión: “para conducir una guerra, o una de sus campañas, a un buen final, es preciso comprender a fondo la política nacional. A ese nivel, la estrategia y la política se confunden y el Comandante Supremo es al mismo tiempo un estadista”22[22].
Así, pues, Clausewitz, una vez consolidado su argumento principal: la guerra se subordina a la política, como un medio a sus fines, añade que ello no supone la creación de compartimentos estancos entre las elites respectivas. Muy al contrario, aboga por el establecimiento de lazos que sirvan para conseguir una mejor comprensión y coordinación entre ambas y, en última instancia, un mejor rendimiento del esfuerzo bélico desplegado por cada Estado. Sólo si la política no fuese la que dirige la guerra, -es decir, sólo si la guerra se justificara de forma autorreferencial-, podría pensarse en un militar desligado de la primera. En cuanto se exige que la guerra sea un instrumento de la política, también se exige, como algo accesorio, pero insoslayable, que el militar se acerque a la política.
En segundo lugar, pese al reconocimiento no sólo del axioma básico, sino asimismo de la extensión de su eficacia a la influencia en la conducción de la guerra y hasta “con frecuencia de la batalla”, Clausewitz nos recuerda que se plantea un problema debido a la tendencial impreparación de los políticos –también de los estadistas, por tanto- en los temas militares. La solución propuesta tiene dos caras, si bien complementarias. Lógicamente hay que enfatizar la necesidad de que quienes deciden desde la política se dejen asesorar por los expertos en la materia. Pero lo realmente interesante de la propuesta de Clausewitz es que demanda un mayor interés y una mejor formación de las elites políticas a fin de que puedan tener conocimiento de causa suficiente como para desplegar su actividad: “De la misma manera que un hombre que no domina plenamente una lengua extranjera no logra a veces expresarse correctamente, los estadistas con frecuencia dictan órdenes que frustran el propósito al que se supone deben servir. Esto ha sucedido repetidas veces, lo que demuestra que un cierto conocimiento de los asuntos militares es vital para quienes están a cargo de la política general”23[23]. Por ende, un reproche y una recomendación. Ambas por exigencia, otra vez, del primer principio. Si la política debe dirigir la guerra, -algo que no se discute-, los políticos deben esforzarse por entender la guerra. Como vemos, pues, la máxima clausewitziana incorpora otras consecuencias además de la inmediata relativa a la mediatización de la guerra, que conllevan un incremento del compromiso exigido tanto a elites civiles como militares para el correcto desempeño de sus competencias respectivas, distintas, pero no distantes, en la lógica del prusiano.
Queda por ver si la guerra tiene también derechos sobre la política. Desde luego, queda claro que no posee el de someterla a su propia lógica. Ello no obstante, ya hemos visto que la teoría de la guerra de Clausewitz genera zonas de porosidad entre elites, no tanto a nivel subjetivo como en el de la formación de sus miembros. Ello supone la búsqueda de medios para mejorar la relación entre ambas esferas. Luego, no parece que se contemple la posibilidad de que la política fije los objetivos a lograr a través de la guerra sin contar con la opinión de los ejércitos o, en su caso, con la adecuada ponderación de los medios disponibles (en cuyo caso, siquiera indirectamente, también se está llamando al juicio de los expertos en el arte de la guerra). Efectivamente, las reflexiones de Clausewitz aportan nuevos matices a la regla general según la cual la política determina a la guerra y no al revés. Como en los casos anteriormente comentados, no creo que sean lo suficientemente decisivos como para tener que reinterpretar al autor, pero tampoco son tan intrascendentes como para pasarlos por alto en un análisis como el presente.
Pues bien, la guerra genera servidumbres para la política. No la determina, es cierto, pero sí la condiciona. La política no debe empezar una guerra sin cerciorarse de que dispone de los medios suficientes para ello. Lo contrario conduce al irracionalismo. Por tanto, la política queda fatalmente vinculada al estado de sus propios ejércitos. No sólo estamos ante un límite objetivo con el que choca su teórica libertad de decisión, sino que corre el riesgo de tener que readaptar sus fines en función de las exigencias derivadas de la guerra. Ahora bien, en verdad no estamos ante la incorporación de un nuevo elemento que atente contra el espíritu más profundo del postulado clausewitziano, sino ante una corrección que modera a la baja la autonomía de la política respecto de la guerra por motivos prácticos. Con todo, es imprescindible tenerlo en cuenta para evitar errores de cálculo o hasta un exceso de confianza en una máxima necesitada de desarrollo. Por ello, de modo a la vez incisivo y prudente Clausewitz apunta que “Si tenemos en cuenta que la guerra surge de un propósito de orden político, es natural que la causa primera de su existencia continúe siendo la consideración suprema para dirigirla. Pero esto no significa que la finalidad política la tiranice. Debe adaptarse a sus medios elegidos, en un proceso que puede alterarla de manera radical; no obstante, la finalidad política sigue siendo la consideración primera”24[24].
La política dirige la guerra, pero la guerra incorpora sus propias cláusulas a esta relación. Dejarse dirigir desde la política es algo hasta debido en el contexto de los Estados modernos, pero si lo que se pretende, en última instancia, es abandonar el discurso de la violencia ciega y cambiarlo por el de la violencia sometida a fines políticamente ponderados, la guerra debe exigir a la política los recursos que convengan para implementar en el campo de batalla las metas exógenamente definidas. La guerra es sólo el medio; la política marca los fines que hay que alcanzar; pero sin las herramientas apropiadas el liderazgo político pierde todo su sentido –sobre todo cuando se pasa de los libros a la realidad y no hay que olvidar que Clausewitz trabaja pensando en ella-.
Esas herramientas han de ser empleadas de acuerdo con las directrices emanadas de la política, pero el guerrero debe reclamar a la política que acepte los costes derivados de sus ambiciones o de sus compromisos para dotarle de esos medios: “La guerra en general, y el mando en cualquier caso particular, tienen derecho a exigir que la tendencia y los designios de la política no sean incoherentes con estos medios. No es, desde luego, una exigencia menor”, aunque, evidentemente, “por mucho que pueda afectar a los fines políticos en un caso determinado, nunca hará más que modificarlos”25[25]. De nuevo surge el recelo ante una posible inversión de los vínculos entre guerra y política. No hay voluntad alguna de avanzar en esa dirección. Pero, de nuevo también, se insiste en el doble planteamiento: es legítimo, desde un punto de vista teórico, que la guerra demande a la política lo necesario para realizar su función y es previsible, desde un punto de vista práctico, que la política deba revisar algunos de sus proyectos iniciales, “modificándolos”, en su caso.
En algún momento llega a afirmar que, una vez comenzadas las operaciones, es más difícil para la política la gestión de la crisis dentro de los parámetros deseados. Incluso, es posible, por hipótesis, que la guerra inaugure una suerte de tiranía alternativa. Si esto fuese cierto, el epicentro de la teoría clausewitziana podría llegar a discutirse, aunque posiblemente sólo en situaciones excepcionales. En concreto, Clausewitz nos advierte de que “durante el conflicto los objetivos políticos iniciales pueden modificarse hasta el extremo de cambiar por completo, pues influyen en ellos los acontecimientos y sus probables consecuencias”26[26].
Ahora bien, entiendo que caben un par de puntualizaciones importantes al respecto. En primer lugar, no hay que olvidar que la cita procede del capítulo 2 del Libro I. Creo que de una interpretación sistemática del conjunto del texto, en la cual ha de jugar un papel preponderante el capítulo 1del Libro indicado, se puede deducir que estas aseveraciones hubieran sido objeto de revisión o, como mínimo, de matización, por parte del autor. En segundo lugar, aún dando por definitivo este aserto, queda una vía utilizable para dotarlo de coherencia con el espíritu de la obra: que la marcha de la guerra obligue a reconsiderar los objetivos políticos previos no conculca la lógica del discurso siempre y cuando la reconsideración se efectúe, otra vez, desde el ámbito político.
Por lo demás, también es importante que los gobiernos se preocupen de generar el estado de opinión más favorable para la ejecución de sus órdenes en un contexto de guerra. Clausewitz requiere que el compromiso de la política con la guerra a la que ella misma incita sea completo. No basta con dotar a los ejércitos de los presupuestos acordes con los fines políticos perseguidos. Esa es una condición necesaria, pero no suficiente para cubrir los objetivos con éxito. También es preciso que se lleve a cabo una tarea de índole moral. Y no sólo entre la ciudadanía que ha de apoyar a sus tropas, sino también entre los propios soldados. Curiosamente, la motivación debe ser estimulada especialmente en las guerras “más políticas” (guerras limitadas; a veces difíciles de comprender en su verdadera dimensión e importancia; siempre alejadas de aquella dimensión de odio recíproco que abunda en las de destrucción del enemigo y que normalmente se basta para enfervorizar a los combatientes, por razones obvias). El trabajo a realizar en este sentido también encuentra su razón de ser en las intimaciones de la guerra y, como en el caso de los recursos materiales, obliga a la política a un superior empeño divulgativo o de concienciación.
4.2) Los diferentes tipos de guerra.
En unas célebres “notas” fechadas en 1827, es decir, en los últimos años de su vida, Clausewitz señala que, en realidad, existen dos clases distintas de guerra. Distingue, así, las que tienen por objeto la destrucción del enemigo para forzarle a firmar la paz, de las que tienen por objeto la ocupación de territorios puntuales con la mirada puesta en una paz negociada. A su vez, apunta que esta clasificación, probablemente definitiva, le obliga a revisar los libros de que se compone su obra cumbre, para así poner en claro conceptos e ideas que no estaban totalmente pulidos. Pese a todo, defiende la validez general del conjunto de su obra.
No voy a entrar en la polémica que se centra en el grado de elaboración de los diferentes Libros y capítulos del texto que nos ocupa. Simplemente, quiero acogerme a una hipótesis que luego desarrollaré con más rigor: teniendo en cuenta el momento de su vida en que enfatiza la existencia de dos tipos de guerra diferentes, creo que es congruente afirmar que, pese a la radicalidad del primero de ellos, Clausewitz no está volviendo a la vieja dicotomía entre “guerra ideal o abstracta” y “guerra real”, sino que, más bien, recoge a través de dos fórmulas sucintas la variedad de “guerras reales” que se pueden dar en la práctica. Si esto es así, estamos ante un intento de categorización que opera dentro de los estrechos márgenes que, según hemos ido viendo, la política deja a la guerra. Por tanto, las dos clases de guerra a las que alude al autor son guerras sometidas a los designios de la política o continuación de ésta por otros medios. Me parece interesante recalcarlo porque, como es notorio, uno de los tipos citados se acerca mucho a la noción de “guerra absoluta” (cuanto menos en las formas).
En todo caso, es cierto que sin la introducción de las “modificaciones prácticas” y, dentro de ellas, de la variable política, las guerras sólo podrían responder a su formato “ideal” o “absoluto”. Todo intento de gradación presupone la presencia de este elemento distorsionador del concepto puro de la guerra. Es el momento de analizar de qué modo la política puede segregar esta variada tipología de guerras “reales”. También de analizar hasta donde puede llegar la política, esto es, cuáles son sus límites, si es que los hay, a la hora de optar por una determinada clase de guerra.
Clausewitz, una vez abandona las abstracciones para pasar a estudiar los efectos de la política, de la superposición de gobiernos reales al fenómeno guerrero, contempla la existencia de guerras que no tienen por fin la destrucción del enemigo. En este nuevo paradigma adquieren sentido las guerras “limitadas” que, aún siendo declaradamente ofensivas, buscan la obtención de ventajas precisas. En estos casos, los ejércitos en liza no se emplean a fondo (no emplean todo su poder destructivo). Por tanto, lo que caracteriza a estas guerras es la autolimitación consciente que la política impone respecto del uso del potencial militar. De hecho, estas restricciones operativas tienen una doble vertiente: se plasman, primero, en los objetivos fijados y, en segundo término, en la intensidad del esfuerzo militar. Estas guerras, a su vez, no sólo se adaptan a la lógica que Clausewitz teoriza sino que, en la práctica, tienden a convertirse en el modelo predominante.
Clausewitz, una vez abandona las abstracciones para pasar a estudiar los efectos de la política, de la superposición de gobiernos reales al fenómeno guerrero, contempla la existencia de guerras que no tienen por fin la destrucción del enemigo. En este nuevo paradigma adquieren sentido las guerras “limitadas” que, aún siendo declaradamente ofensivas, buscan la obtención de ventajas precisas. En estos casos, los ejércitos en liza no se emplean a fondo (no emplean todo su poder destructivo). Por tanto, lo que caracteriza a estas guerras es la autolimitación consciente que la política impone respecto del uso del potencial militar. De hecho, estas restricciones operativas tienen una doble vertiente: se plasman, primero, en los objetivos fijados y, en segundo término, en la intensidad del esfuerzo militar. Estas guerras, a su vez, no sólo se adaptan a la lógica que Clausewitz teoriza sino que, en la práctica, tienden a convertirse en el modelo predominante.
Llevando este argumento a su extremo, pasa a ser posible hasta que una guerra sea comenzada, después de un cálculo sopesado, por el interlocutor más débil. Algo así sería impensable bajo el prisma de la “guerra ideal” o “absoluta”, en la medida en que de la reacción del enemigo se deduciría lo cerca que está la opción del débil de un suicidio puro y simple. Sin embargo, en la medida que la guerra está supeditada a los condicionantes políticos, el débil puede, razonablemente, tratar de aprovechar una coyuntura favorable a sus intereses; puede, quizá, contar con que la voluntad de resistencia del más fuerte esté mermada por causas que van más allá de la preparación estrictamente militar o del volumen de sus tropas; puede, en definitiva, que un enemigo más poderoso sea también más vulnerable aunque esto, a primera vista, pueda parecer paradójico (piénsese, por ejemplo, en el caso de que su opinión pública soporte peor las bajas propias, especialmente cuando lo que está en juego no es considerado como esencial para la superviviencia física o espiritual del país, que es lo que suele ocurrir cuando la guerra se conforma con objetivos limitados, muchas veces ubicados allende las propias fronteras. Es decir que, cuanto más “política” sea la guerra, mayores problemas existirán para convencer a la opinión pública de que han de soportarse los sacrificios y los sufrimientos anejos)27[27].
Pero sin necesidad de llevar este argumento hasta sus últimas consecuencias, las circunstancias políticas que envuelven la guerra le confieren un carácter tan moldeable que es difícil pensar en que pueda llegar, por la vía de los hechos, a su expresión “absoluta”. Clausewitz ya había advertido, al principio del texto revisado del Libro I, que para imponer la voluntad sobre el antagonista es preciso empujarlo a una situación que sea aún peor que el sacrificio que se le exige. Pero si éste último no es muy drástico, lo previsible es que el enemigo esté dispuesto a negociar o que no despliegue toda su capacidad para su defensa. En estos casos, apoyándonos en la lógica de esta aseveración, podemos deducir que será relativamente fácil “empujar” al rival hacia esa situación en que su voluntad de resistencia cede frente a las pretensiones ajenas. En el fondo, lo que nos está diciendo Clausewitz es que la “guerra real”, subordinada a la política y generalmente limitada por ella, tanto en sus objetivos como en su modus operandi, puede resolverse, las más de las veces, sin llegar a entrar en una escalada militar (lo que él define como la “ley de los extremos”, producto de la interacción de los contendientes). La política, al moderar la guerra ideal, no sólo evita en uno mismo las tentaciones de escalada, sino que mitiga al unísono la respuesta del interlocutor, en la medida que sea, como cabe esperar, proporcionada a la agresión recibida: “Cuanto menor sea el sacrificio que se le exige al enemigo, menor será la probabilidad de que se niegue a cumplirlo” y, finalmente, “cuanto menor sea el esfuerzo realizado por su bando, menor será el que tiene que hacer el nuestro”28[28]. Por tanto, la sumisión a la política, a los objetivos limitados que la política define a priori, es la mejor garantía de que la guerra, en la práctica, queda circunscrita a expresiones razonables, adaptadas al fin deseado, incapaces de desplegar su propia dinámica –que es, no lo olvidemos, la de la guerra absoluta- y, en síntesis, de que la guerra es un fenómeno que queda, por utilizar una expresión actual, “bajo control”.
De la acotación de los fines políticos a los que la guerra se pliega se deduce que la fenomenología del conflicto adquiera una gran riqueza tipológica. Desde la mera observación armada hasta una ofensiva en toda regla sobre el territorio enemigo, pasando por la realización de operaciones puntuales de castigo (hoy hablaríamos de bombardeos sobre puntos neurálgicos de algún país al que interesa presionar o disuadir o debilitar). Todos ellos son guerras y, además, “guerras reales” en las que se involucran los Estados modernos. En todas ellas, el odio, el afán puramente negativo por la destrucción del antagonista o la visceralidad de la violencia gratuita son sustituidos por las consignas dadas desde los gobiernos, conscientes de qué está en liza y de qué cantidad de recursos merece la pena que sean absorbidos por cada empresa. La guerra, normalmente, no se plantea en clave de lucha por la supervivencia y éste es un factor añadido que contribuye a reforzar la moderación de las conductas, así como a reducir la posibilidad de “ascenso hacia los extremos”.
Ello no obstante, es el momento de regresar a las notas de 1827 y a los dos tipos de guerra ahí citados. Porque junto a las que buscan unas mejores condiciones para negociar una paz más favorable que la sostenida en el status quo ante aparecen las que buscan la destrucción del enemigo y ya he apuntado que si bien, a mi entender, siguen siendo un subtipo de la “guerra real”, la verdad es que podrían llegar a confundirse con la “guerra absoluta”. ¿Qué hay de cierto en ello?. Clausewitz, incluso en el capítulo más elaborado de su libro, reconoce explícitamente que la guerra real, esto es, la sometida a las directrices políticas, puede llegar a conocer grandes dosis de violencia, motivada, a su vez, por la fijación de unos objetivos maximalistas. En sus propias palabras: “Las guerras admiten cualquier grado de importancia e intensidad, desde la guerra de exterminio hasta la simple observación armada”29[29]. La afirmación es importante por cuanto en esas líneas está aludiendo a la concreción de los objetivos políticos como directores de la guerra. Luego no parece que haya que descartar que una “guerra real” se asemeje, cuanto menos en su contenido, a la “guerra absoluta”, previamente desterrada al reino de la especulación filosófica.
Ya en el Libro VIII se plantea el caso de que las campañas napoleónicas tienen la tendencia a asumir características más propias de la “guerra absoluta”: “la guerra en sus manos se hacía sin tregua hasta que el enemigo sucumbía”, nos dice del Emperador de Francia, para añadir a renglón seguido que “desde Bonaparte, la guerra, primero entre los franceses y después entre sus enemigos, pasó a ser de nuevo un asunto del pueblo en su conjunto, adquirió un carácter totalmente distinto, o para ser más exactos, se aproximó a su verdadero carácter, a su perfección absoluta”30[30]. Sin embargo, ni siquiera en este Libro se atreve a poner en duda la filiación política de tales guerras. Las guerras napoleónicas tampoco fueron fines en sí, ni pudieron desplegar sus demoledores efectos sobre la base de una presunta descontextualización de la realidad social de su tiempo. No adquieren sentido por sí mismas, al margen de la política francesa de la época. Como en los demás casos de “guerra real” hay que pensar, pues, que “la guerra y sus formas son el resultado de ideas, emociones y situaciones dominantes en cada momento y, para ser sinceros, debemos admitir que la guerra siguió siendo así incluso cuando adoptó bajo Bonaparte su estado absoluto”31[31]. Sin embargo, esta aseveración puede generar confusión. ¿Se están solapando los conceptos de “guerra real” y de “guerra absoluta” en la obra de Clausewitz?.
La respuesta es negativa, pero con matices. Es negativa porque, en puridad de conceptos, la guerra absoluta vive fuera de la dirección política, mientras que la real la presupone. Pero es matizable porque como queda de manifiesto en la cita del Libro I, Clausewitz cree posible que la política nos conduzca hacia una guerra “de exterminio”, con todas sus consecuencias. Esto, además, permite comprender el contenido de la “nota” de 1827 en los términos que antes he apuntado. La guerra real puede consistir, en la práctica, en una guerra que pretende la “destrucción” del enemigo, para así poder “imponerle” las condiciones de paz. Pero sigue siendo una guerra política y no meramente ideal o abstracta dado que es desde la primera que se definen estos objetivos maximalistas.
En efecto, en el libro VIII apunta que “si la guerra es parte de la política, la política determinará su carácter. Cuando la política se hace más ambiciosa y enérgica lo mismo sucede con la guerra y se puede llegar al punto de que la guerra alcanza su forma absoluta”32[32]. No es que Clausewitz pretenda forzar el ingreso de guerras absolutas en el concepto de las reales mediante un llamamiento desesperado a la política. Eso equivaldría a invertir la relación causal que es la base de todas sus razonamientos. Más bien ocurre que la realidad le demuestra que la política puede, a consciencia, preferir una guerra de exterminio –cercana, pues, en su “forma”, que no en sus principios últimos, a la absoluta- a una operación puntual de castigo o a la ocupación de un pedazo de terreno para ponerlo en la balanza de las negociaciones de paz ulteriores. La política, en definitiva, es la que puede evitar que todas las guerras sean “absolutas”... pero eso no implica que no pueda segregar alguna guerra que se “aproxime” por su contenido (objetivos, crueldad) a la “guerra ideal” o “abstracta”. Por tanto, en las guerras políticas más extremas, la diferencia con respecto a las “absolutas” no se refiere tanto al modo como se desarrollan sino a su propia naturaleza, a su fundamento y, a partir de ahí, al tipo de liderazgo implícito33[33].
Por tanto, Clausewitz puede definir dos tipos diferentes de guerra gracias a la conversión de la misma en un medio subordinado a su fin que no es otro que la política, pero ello no es óbice para que algunas guerras reales vengan impulsadas desde la política como guerras de destrucción o exterminio del enemigo, exigentes en el fondo y brutales en la forma. Probablemente, no serán las más numerosas, pero no es coherente expulsarlas de la variedad conflictual que abraza su concepto de “guerra real”. En todo caso, lo que sí provoca esta nueva exigencia es que los gobernantes han de tener muy claro desde el primer momento cual es el producto de su apuesta política y una vez visto “cómo deben variar las guerras con la naturaleza de sus motivos y de las situaciones que las originan”, indica, a modo de recomendación que “la primera, suprema y más trascendente acción juiciosa que el hombre de Estado y el mando militar deben hacer es determinar mediante esa prueba el tipo de guerra en el que están embarcados, sin equivocarse en el juicio y sin tratar de transformarla en algo ajeno a su naturaleza”34[34].
En síntesis, en lo que respecta a la naturaleza esencial de la guerra, la política siempre la transforma. En lo que se refiere a su contenido o al modo en que acaba desplegándose la potencia militar, puede hacerlo, desde luego, pero no tiene por qué hacerlo. Guerra real y guerra absoluta quedan nítidamente separadas en el campo conceptual... pero pueden presentar zonas de permeabilidad en el fenomenológico. Dicho esto, justo es reconocer que la primacía del primer aspecto sobre este último no está exenta de eficacia práctica, dado que gracias a su naturaleza política, la guerra real siempre puede ser reconducible hacia formas u objetivos más modestos.
4.3) La guerra y la paz.
Si la guerra no es un fin en sí mismo; si su razón de ser le viene dada desde la política; si se somete a objetivos cuyo tenor no está autorizada a discutir... lógico es que la guerra encuentre un final supeditado a esos mismos argumentos políticos. La política ordena su inicio, la política decreta su fin. A esta regla, así leída, no es fácil plantearle objeciones, dado que se deduce del principio básico que subyace al discurso de Clausewitz. Sin embargo, como en otros apartados, lo interesante está en desarrollar su verdadero alcance.
La condición de posibilidad de una paz entendida a la luz de la política radica en que ésta no pierda su capacidad de liderazgo aunque la guerra se halle en su punto más álgido. Sólo si se satisface esta condición se puede pensar en una opción voluntaria por la paz antes de que alguno de los contendientes sea literalmente barrido por el enemigo35[35]. Clausewitz entiende que este requisito se cumple, ya que “la guerra por sí misma no interrumpe las relaciones políticas o las convierte en algo totalmente diferente. Fundamentalmente, esas relaciones continúan, con independencia de los medios que empleen. Las líneas principales a lo largo de las que progresan los acontecimientos naturales y a las que están limitados, son líneas políticas que continúan a través de la guerra hasta la paz”36[36]. Por tanto, las partes en litigio siguen manteniendo el “control” de la situación, amarrando la dialéctica de la interacción guerrera, evitando su ascensión a los “extremos”, ponderando la conveniencia de sostener el esfuerzo bélico y evaluando los resultados de la campaña en función del grado de proximidad que exista con la satisfacción del objetivo político trazado a priori37[37].
La política queda en un segundo plano sólo aparentemente. En la medida que la guerra se le subordina, sigue en su rol directivo. Sólo cambian las maneras, no el trasfondo. Muy por encima de las pasiones desatadas en el frente, la razón de la política continúa salvaguardando sus propios objetivos. Por tanto, la paz será una de las salidas por las que optar, en función de cual sea la marcha de las hostilidades, sin tener que avanzar hacia un final, -el de la victoria total o, desde la otra perspectiva, el de la derrota incondicional-, que sólo es preceptivo cuando se está ante una guerra ideal o absoluta.
Pero la paz no solamente es plausible gracias a la persistencia de la política en su tarea directiva sino que en algunas ocasiones es incluso exigible, precisamente debido a que la guerra pierde sentido cuando ya no existen posibilidades reales de obtener las ventajas perseguidas con el recurso a la fuerza o cuando los costes de la perseverancia son tan elevados que no compensan los beneficios que, sobre el papel, todavía son alcanzables: “como la guerra no es un acto de apasionamiento insensato sino que está controlada por su objetivo político, el valor de este objetivo determina los sacrificios que deben hacerse, tanto en magnitud como en duración. En cuanto el esfuerzo sobrepasa el valor del objetivo político, es preciso renunciar a éste y firmar la paz”38[38]. Si la guerra se gobernara a sí misma, estos argumentos no serían decisivos. Como quiera que se somete a los designios de la política, las muy diversas razones que inciden en ésta (opinión pública interna, dificultades económicas, presiones internacionales, etc.) pueden acabar con una guerra que bajo la égida de su versión ideal o abstracta todavía estaría abierta. Lo que interesa destacar, pues, es que las razones por las cuales una guerra termina no difieren en lo sustancial de las que en su día motivaron su comienzo.
Lo que ya me parece más arriesgado es afirmar que el fin de la estrategia es la paz, como el de la táctica es la victoria. Máxime cuando, equiparándose el fin de la estrategia con el de la guerra, de ahí se colige que el fin último de la guerra misma es la paz. No es que esta afirmación carezca de sentido. Lo tiene. No en vano, la guerra no cumple con las expectativas creadas hasta que los logros obtenidos por su mediación no quedan ratificados por la paz subsiguiente. Sin paz, no hay forma de consolidar los objetivos que la guerra persigue, auspiciada por la política. Eso, a fuer de ser cierto, es evidente. Como lo es que las guerras difícilmente pueden prolongarse de forma indefinida en el tiempo, máxime cuando se sujetan a la política, tan sensible al desgaste. Ello no obstante, si el “fin” de la guerra –entendido en un sentido lógico, que no cronológico- fuese la paz, sencillamente la guerra no debería tener lugar. La guerra se empieza contra la paz –por los motivos que sean-. La guerra se opone a la paz. Pero no arbitrariamente, sino que se opone a ella debido a que desde la esfera política se cree que es concebible algún objetivo que posee un valor superior al de esa paz preexistente. Por tanto, precisamente porque la guerra es hija de la política es discutible que su norte sea un concepto vacío de contenido –más allá de la ausencia de conflictos- como es la paz39[39]. A la política le interesa la sustantividad de la paz. Le interesa la justicia (una determinada concepción de), le interesa el poder (una cierta relación de), le interesa el prestigio (según su percepción). La guerra viene motivada por el deseo de acrecer alguno de estos ítems, o varios de ellos a la vez. Luego su “fin” no es la paz, de la cual proviene, si no esa alternativa a la paz, hacia la cual se dirige. Dicho de otro modo: la dependencia que la guerra tiene respecto de la política es la que la lleva hacia un fin sustantivo que se impone a la paz hasta el punto de negar su continuidad –inicialmente- y condicionar su regreso –finalmente-.
El “fin” de la guerra sería la paz si y sólo si ésta fuese considerada como un bien de mayor valor que el objetivo político perseguido por la vía militar. Pero, a su vez, si esto fuese cierto, la guerra nunca daría comienzo, so pena de conducirnos a un absurdo lógico, medido en términos políticos. Cosa muy distinta es que, en la práctica, sea congruente que aquel contendiente que es sabedor de que la continuación de la guerra sólo puede empeorar su situación, se decida a pedir la paz o procure presionar en esa dirección. Esta circunstancia es distinta porque la petición de paz no sólo no satisface el “fin” por el que en su día emprendió la guerra, sino que, paradójicamente, es la negación de ese “fin”. La paz aparece como el reconocimiento de que ya no es posible, o de que es demasiado costoso, cubrir los objetivos que la política trazó y trasladó al campo de la guerra. En el caso opuesto, es decir, en el del bando que sale mejor parado de la guerra, la paz a la que se llega sólo coincidirá con el “fin” de la guerra en tanto en cuanto se hayan alcanzado todos los objetivos trazados al comenzarla –en su caso, objetivos limitados, por supuesto-. En cualquier otro caso, la paz será un sucedáneo precario e inexacto del “fin” deseado. Por tanto, la correlación entre la paz y los fines verdaderos de la guerra es tangencial, incluso para el vencedor.
En realidad, de la teoría de Clausewitz sólo se deduce, en mi opinión, que el fin de la guerra sometida a la política, de la “guerra real”, no tiene por qué ser la destrucción del enemigo. Es más, lo normal es que sea otro, porque otros son los objetivos que la política suele buscar. Pero eso no implica que el “fin” sea la paz, sino sólo que el “fin” se define a través de objetivos más acotados (más precisos). Ya no es necesario dejar el territorio del enemigo como el desnudo suelo de Cartago tras la victoria de Escipión, pero tampoco deben perderse de vista las causas concretas, inteligibles desde el juego político, que nos llevan a la guerra, a no ser que queramos abonar una versión maniquea de la paz y del conflicto que, lejos de acercarnos a Clausewitz, nos devolvería a épocas anteriores a su aportación.
5) Conclusión.
Además de las sugerencias que he incorporado a lo largo de este análisis del pensamiento clausewitziano, quisiera destacar tres aspectos que creo nucleares para una recta interpretación de su obra. Por una parte, la tremenda importancia que se le otorga a un aspecto antes descuidado, como es la psicología (o, si se prefiere, las “fuerzas morales”). A su vez, ésta se revaloriza tanto en lo que concierne al combatiente en plena campaña, como en lo que respecta a los propios gobiernos que dirigen, en los términos vistos, cada guerra. No está muy alejada de este planteamiento su idea de la guerra como “interacción”, dado que quienes interactúan, además de poseer los medios materiales que sean, están supeditados a su fuerza de voluntad, a su capacidad de resistencia en los momentos más delicados. Así, la guerra es, en última instancia, una confrontación de voluntades.
Uno de los principales exégetas de Clausewitz añade, en este sentido, que “no está derrotado sino aquél que se reconoce como tal. La única oportunidad que tenía Napoleón de vencer, escribe Clausewitz, era la de que Alejandro se reconociera como vencido tras la toma de Moscú. Si Alejandro no perdía el valor, Napoleón, aparente vencedor en Moscú, estaba ya virtualmente derrotado”. Asimismo, sucesos posteriores a la experiencia del militar prusiano han servido para ratificar sus tesis: “Los ingleses están derrotados, gritaba Hitler en julio de 1940, pero son demasiado estúpidos como para darse cuenta de ello. No reconocerse vencido era, en efecto, la condición primera para el éxito final de los ingleses. Valor o inconsciencia, poco importa: hacía falta que la voluntad inglesa resistiese”40[40]. En efecto, Clausewitz nos enseña que la preparación para la guerra no puede quedarse a un nivel estrictamente técnico. Que no son suficientes elevados presupuestos de defensa. Hace falta algo más y ese algo conecta con la mente del combatiente, con la del estadista, con la fortaleza y la convicción de cada sociedad. Sin este nuevo ingrediente difícilmente se pueden asumir los costes de la guerra. Pero, una vez más, este elemento refuerza su principio fundamental: guerra y política están inextricablemente unidas. Porque, en definitiva, la segunda es la que debe alimentar las fuerzas morales a las que conduce a la guerra.
Esto me lleva a una segunda reflexión final. El epicentro de la teoría de Clausewitz no es otro que recordar la relación existente entre la guerra y la política. Con ello se enfrenta a quienes estudian la primera como una realidad separada de la segunda. No se trata, por otro lado, de afirmar sólo la relación entre ambas, dado que esta relación no es arbitraria. Es necesario subrayar la preponderancia de la política sobre la guerra. La guerra no tiene sustantividad propia. Es la política la que fija sus objetivos y la que la conduce, incluso en campaña –salvo en las cuestiones de detalle, según hemos visto-. Esto es así porque la guerra no es sino un medio alternativo a los usados en tiempo de paz para que la política logre sus fines. Por eso se afirma la famosa continuidad entre las dos.
Sin embargo, si bien la política es la que establece los fines y la guerra sólo uno de los medios posibles a emplear para alcanzarlos, no es menos cierto que la guerra tiene derecho a exigirle a la política coherencia a la hora de señalarle los objetivos. En caso de no darse esta circunstancia, la guerra tiene derecho a exigirle a la política los instrumentos adecuados para cumplir con su parte del trabajo, tanto en el terreno material como en el moral. Así las cosas, tras la lectura de las reflexiones de Clausewitz, es conveniente afirmar que, pese a todo, esa relación liderada por la política no es unidireccional, sino más bien biyectiva. Política y guerra se hacen reclamaciones recíprocas. Lo que ocurre es que como en última instancia es la primera la que decide, podemos adjetivar esta relación como asimétrica.
Finalmente, quisiera recordar la prudencia con la que Clausewitz afronta su aproximación a la guerra, incluso en su etapa de madurez. En el capítulo 2 del Libro I nos había dejado dicho que se debe estar preparado para cualquier contingencia, puesto que la propia voluntad de limitar un conflicto, sea al nivel de los objetivos, sea al de los medios empleados o en ambas cuestiones, podría no ser correspondida por nuestro antagonista: “Si el adversario busca la batalla, no se le puede negar jamás. El General que prefiera otra estrategia debe ante todo cerciorarse de que su adversario no recurrirá al supremo tribunal, la fuerza, o perderá el pleito si lo hace (...) no debe olvidar nunca que se está aventurando por caminos tortuosos en los que el Dios de la guerra podría sorprenderle en cualquier momento. Debe vigilar constantemente a su adversario para no acercarse a él armado con un espadín ornamental cuando aquél esgrime un sable bien afilado”41[41].
Podría aducirse que quizá hubiera revisado este criterio a la luz de su categorización definitiva, puesto que el carácter político de la guerra puede llegar a recomendar que, en algunas ocasiones, se rechace un posible enfrentamiento armado con terceros países (quizá se considere que lo que está en disputa no es suficientemente importante). Pero, aún así, entiendo que el mensaje de Clausewitz va más lejos. Siempre habrá algún fin por el que la política esté dispuesta a utilizar todos los medios a su disposición, entre ellos la guerra. En este caso, no se puede tener la certeza absoluta de que el enemigo limitará su esfuerzo, especialmente cuando el interés político inicial es suyo. Habrá que estar preparado para contrarrestarlo, dado que, como todavía recuerda en el capítulo 1 del Libro I, hasta los mismos Estados, en momentos diferentes, pueden reaccionar de forma distinta y hasta imprevisible42[42].
Por ello, al final, ante la posibilidad de que algún Estado utilice métodos extremos, que bien pueden venir determinados por la política, sólo cabrían dos alternativas, o renunciar automáticamente a la defensa de los territorios o valores en litigio, o tener a punto los recursos indispensables para afrontar el reto con alguna probabilidad de salir airosos. La primera opción supone, además, desterrar definitivamente la guerra del discurso político y es notorio que Clausewitz no está por la labor. La guerra deja de ser legítima tomada en abstracto, pero es precisamente la política la que puede devolverle dicha legitimidad. Y decimos bien, puede, porque esto no implica que toda guerra quede automáticamente justificada por el mero hecho de haber constatado a priori su heteronomía. Lo que ocurre es que habrá que trasladar la pregunta final a su ámbito natural para luego juzgar los fines de la política, caso por caso. A partir de esta premisa, es la coherencia de los medios con los fines, antes apuntada, la que exige que el dispositivo militar de la comunidad sea cuidado desde las instancias políticas de cada país. Lo contrario es recaer en utopías engañosas... y salir de la lógica clausewitziana.
Citas:
1[1] P. 179. Todas las citas en las que no se indique lo contrario han sido extraídas de la obra De la Guerra, de Von Clausewitz, en la edición del Ministerio de Defensa, Madrid, 1999 .
2[2] Nótese, en todo caso, que Clausewitz destruye un acercamiento a la realidad de la guerra que pretende ser casi un subgénero de las ciencias exactas. Sin embargo, no es menos cierto que promueve un acercamiento de la guerra a las “otras ciencias”, las sociales, en la medida que la vincula, en los términos que iremos viendo, a la política y, a través de ella, a los valores, las ilusiones y la moral de cada época.
3[3] Por ello Aron comenta que mientras entre los más optimistas, “H. Von Bülow quiere alzar la estrategia al nivel de la ciencia, eliminando las batallas y basando el arte de las operaciones sobre teoremas”, Clausewitz “refuta la falsa ciencia de Von Bülow, pero no por ello vuelve al escepticismo de Berenhorst. El arte del estratega tiende al dominio de la voluntad sobre las fuerzas desatadas y, en este sentido, a una reducción de la parte dejada al azar” (en R. ARON. Pensar la guerra, Clausewitz. Ed. Ministerio de Defensa, Madrid, 1993, p. 84).
4[4] P. 279.
5[5] P. 830.
6[6] Llega a lanzar algún exabrupto no exento de valor para comprender la tensión existente entre sus planteamientos y los comunmente aceptados por muchos de sus contemporáneos: “Una vez más, se apela al genio, que está por encima de todas las normas, lo que equivale a decir que las normas no sólo están hechas para idiotas, sino que son idiotas en sí mismas” (p. 313).
7[7] P. 257.
8[8] P. 185.
9[9] P.196.
10[10] Puestos a analizar con detalle las expresiones de Clausewitz, también sorprende que en el párrafo indicado diga que las “inconsistencias” que alejan la guerra real de la ideal o teórica puedan aparecer “en uno u otro bando o en ambos”. Si bien se mira, que “puedan” surgir en uno “u” otro bando y no necesariamente en los dos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que no surjan en ninguno de ellos. A su vez, si esto es así, la guerra real equivaldría a la ideal o teórica, con lo cual ésta última sería tan factible como la primera en la práctica. Ni que decir tiene que las expresiones utilizadas en el Libro I, capítulo 1 para hacer alusión a una idea de fondo que, ciertamente, es la misma, son mucho más matizadas, exactas y cerradas. Por mi parte, no voy a insistir en las líneas que siguen en un análisis casi gramatical como el que he insinuado en éstas, ciñéndome más a los grandes conceptos y sus derivaciones práctico-políticas.
11[11] Clausewitz alude al conjunto como a los problemas de “desgaste”, incluyendo, además, las dificultades que aparecen a la hora de aplicar la propia estrategia –por acertada que sea-.
12[12] P. 231 y 232.
13[13] P. 210.
14[14] P. 214-215. En el Libro II, en la misma línea, apunta que “la teoría se vuelve infinitamente más difícil en cuanto toca el ámbito de los valores morales” y que lo natural es que “las orientaciones teóricas sean menos útiles en este ámbito que en ningún otro” (pp. 253 y 256, respectivamente).
15[15] P. 211.
16[16] F. SCHNEIDER. Historia de las doctrinas militares. Ed. Vergara, Barcelona, 1966, pp. 69-70.
17[17] P. 193. Escogida por estar incluida en el Libro I, capítulo 1. Pero también en el Libro VIII se pueden hallar expresiones similares: “descubrimos que la guerra no avanza inexorablementre hacia lo absoluto, como exigiría la teoría. Al ser incompleta y contradictoria, no puede seguir sus propias leyes, sino que debe ser tratada como una parte de otro todo, que recibe el nombre de política” (p. 854).
18[18] R. ARON, op. cit, p. 164.
19[19] P. 829.
20[20] P. 855. Idea reforzada cuando apuntando a los apologistas de la teoría opuesta manifiesta que “aún tiene menos sentido que los teóricos afirmen que todos los medios militares disponibles deberían ser puestos a disposición del Comandante de forma que, sobre esa base, pudiera preparar planes puramente militares para una guerra o una campaña” (p. 856).
21[21] P. 855.
22[22] P. 223. Esto no quiere decir, por supuesto, que el rol complejo a desarrollar por la alta jerarquía militar pueda poner en duda su status castrense. No se trata de reconvertir a los altos mandos de los ejércitos en un tertium genus, ni mucho menos de diluir en el ínterin su formación o su específica capacidad militar. Sí se trata de aumentar el nivel de exigencia para que observen la política nacional con más perspectiva, buscando una visión más completa de las necesidades colectivas, una visión que trascienda lo meramente técnico: “Sostengo que un Comandante Supremo debe ser también un estadista, pero sin dejar de ser un general. Por una parte, está enterado de toda la situación política; por otra, conoce con exactitud lo que debe lograr con los medios puestos a su disposición” (íd.).
23[23] P. 857.
24[24] P. 193.
25[25] P. 194.
26[26] P. 199.
27[27] Clausewitz alude a que una vez en guerra, un país puede buscar la paz, ciertamente, por falta de expectativas de victoria, pero también a partir de un argumento más utilitario, a saber, por la “magnitud del coste” de seguir luchando (p. 199) y, en este caso, con independencia de su posición relativa. La otra cara de la moneda es que, siguiendo este mismo razonamiento, un país puede iniciar una guerra esperando que su debilidad material sea compensada por la falta de decisión política del adversario. Ejemplos de esta estrategia los tenemos incluso en época muy recientes: “¿cómo es posible que el Imperio Japonés, empleado desde hacía años en una guerra interminable con China, pudiera lanzarse al asalto de todas las posiciones europeas en el Sudeste Asíático y desafiar simultáneamente a Gran Bretaña y a los EEUU? (...) El cálculo fue el siguiente: (...) Ninguno de los más exaltados, entre los generales y los almirantes, imaginaba la entrada de las fuerzas japonesas en Washington, ni la paz dictada después de una victoria por aniquilamiento sobre los EEUU. Los jefes japoneses, que tomaron sobre sí la responsabilidad de iniciar la guerra, contaban con resistir el tiempo suficiene la contraofensiva americana y conseguir así cansar la voluntad enemiga de victoria” (R. ARON. Paz y guerra entre las naciones. Alianza Editorial, Madrid, p. 61). Lógicamente, si la naturaleza de la guerra exigiese la destrucción del enemigo como único resultado a contemplar, perdería fuerza, por no decir que desaparecería, esta posibilidad.
28[28] P. 186.
29[29] P. 187.
30[30] Pp. 824 y 839, respectivamente.
31[31] P. 825.
32[32] P. 854. También en el Libro I, capítulo 1 reconoce que el carácter político de la guerra y su “intensidad” son cosas distintas, de manera que sólo se puede negar que una guerra que se acerca al absoluto es política si, a un tiempo, pensamos que la política es una actividad “deshonesta” (p. 195). En este caso, Clausewitz nos advierte para no incurrir en una falacia convencionalista (presentar como una tautología una mera generalización obtenida por vía inductiva), esto es, en la catalogación de una guerra como abstracta, automáticamente, en función de sus efectos, sin atender a sus causas. En nuestro caso la falacia convencionalista operaría del siguiente modo: partimos de la base que todas las guerras políticas están alejadas de la violencia o de los objetivos maximalistas de la “absoluta”; si alguien es capaz de presentar un ejemplo de guerra mediatizada por la política que, pese a todo, posee esos atributos, se negaría ipso facto su carácter político.
33[33] Esto último es tan importante como el aspecto teórico relativo a su naturaleza mediática. Si una guerra es política, a pesar de que en algún momento alcance la brutalidad de la “guerra absoluta”, siempre será posible reconducirla, por mor del nunca dimitido liderazgo político, hacia formas más moderadas o hacia objetivos más limitados. En cambio, una “guerra absoluta” en sentido estricto, como quiera que, por definición, no se somete a ninguna lógica externa a la del combate que busca la aniquilación del enemigo, no incorpora este elemento de control susceptible de procurar las modificaciones a la baja aquí insinuadas.
34[34] P. 195.
35[35] Por supuesto que hasta la guerra absoluta puede conducir a la paz, pero no a la que aquí nos importa. La paz a la que nos aboca la guerra autodeterminada no es otra cosa que la certificación de la derrota física y moral del antagonista, es decir, algo así como una “muerte natural” de la guerra provocada por la destrucción y desaparición del interlocutor.
36[36] P. 853.
37[37] Una tesis contraria a la aquí sostenida puede ser leída en el reciente libro de GARCIA CANEIRO, La racionalidad de la Guerra, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2000, en el cual se procede a aplicar conceptos de la deconstrucción derridiana a la obra del prusiano, para afirmar, finalmente, que la guerra se convierte en un fin en sí. Son especialmente interesantes, a estos efectos, las pp. 95-96 y 101-103 del texto citado, en los que se emplean, respectivamente, las categorías de fármacon y de suplemento con el objetivo de apuntar los efectos contraproducentes de la guerra y la posibilidad de que ésta “supla” o “reemplace” a la política en vez de continuarla.
38[38] Clausewitz, Id.
39[39] No pretendo negar el valor intrínseco de la paz, pero sí relativizarlo. Lo que está sobre la mesa son distintas formas de concebirla y valorarla. La “paz”, como el “orden”, son, a mi entender, conceptos “formales”, que necesitan ser “rellenados” de sustancia política para saber realmente qué esconden tras de sí. Si la paz fuese más que eso, la guerra y la política no podrían cuestionarla o, de hacerlo, no podrían ser racionalizadas, convirtiéndose en algo inconmensurable a la razón, más cercano a una catástrofe natural que a una “guerra real”.
40[40] R. ARON. Guerra y paz..., op. cit, pp. 53 y 54, respectivamente.
41[41] P. 208.
42[42] P. 186.
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2[2] Nótese, en todo caso, que Clausewitz destruye un acercamiento a la realidad de la guerra que pretende ser casi un subgénero de las ciencias exactas. Sin embargo, no es menos cierto que promueve un acercamiento de la guerra a las “otras ciencias”, las sociales, en la medida que la vincula, en los términos que iremos viendo, a la política y, a través de ella, a los valores, las ilusiones y la moral de cada época.
3[3] Por ello Aron comenta que mientras entre los más optimistas, “H. Von Bülow quiere alzar la estrategia al nivel de la ciencia, eliminando las batallas y basando el arte de las operaciones sobre teoremas”, Clausewitz “refuta la falsa ciencia de Von Bülow, pero no por ello vuelve al escepticismo de Berenhorst. El arte del estratega tiende al dominio de la voluntad sobre las fuerzas desatadas y, en este sentido, a una reducción de la parte dejada al azar” (en R. ARON. Pensar la guerra, Clausewitz. Ed. Ministerio de Defensa, Madrid, 1993, p. 84).
4[4] P. 279.
5[5] P. 830.
6[6] Llega a lanzar algún exabrupto no exento de valor para comprender la tensión existente entre sus planteamientos y los comunmente aceptados por muchos de sus contemporáneos: “Una vez más, se apela al genio, que está por encima de todas las normas, lo que equivale a decir que las normas no sólo están hechas para idiotas, sino que son idiotas en sí mismas” (p. 313).
7[7] P. 257.
8[8] P. 185.
9[9] P.196.
10[10] Puestos a analizar con detalle las expresiones de Clausewitz, también sorprende que en el párrafo indicado diga que las “inconsistencias” que alejan la guerra real de la ideal o teórica puedan aparecer “en uno u otro bando o en ambos”. Si bien se mira, que “puedan” surgir en uno “u” otro bando y no necesariamente en los dos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que no surjan en ninguno de ellos. A su vez, si esto es así, la guerra real equivaldría a la ideal o teórica, con lo cual ésta última sería tan factible como la primera en la práctica. Ni que decir tiene que las expresiones utilizadas en el Libro I, capítulo 1 para hacer alusión a una idea de fondo que, ciertamente, es la misma, son mucho más matizadas, exactas y cerradas. Por mi parte, no voy a insistir en las líneas que siguen en un análisis casi gramatical como el que he insinuado en éstas, ciñéndome más a los grandes conceptos y sus derivaciones práctico-políticas.
11[11] Clausewitz alude al conjunto como a los problemas de “desgaste”, incluyendo, además, las dificultades que aparecen a la hora de aplicar la propia estrategia –por acertada que sea-.
12[12] P. 231 y 232.
13[13] P. 210.
14[14] P. 214-215. En el Libro II, en la misma línea, apunta que “la teoría se vuelve infinitamente más difícil en cuanto toca el ámbito de los valores morales” y que lo natural es que “las orientaciones teóricas sean menos útiles en este ámbito que en ningún otro” (pp. 253 y 256, respectivamente).
15[15] P. 211.
16[16] F. SCHNEIDER. Historia de las doctrinas militares. Ed. Vergara, Barcelona, 1966, pp. 69-70.
17[17] P. 193. Escogida por estar incluida en el Libro I, capítulo 1. Pero también en el Libro VIII se pueden hallar expresiones similares: “descubrimos que la guerra no avanza inexorablementre hacia lo absoluto, como exigiría la teoría. Al ser incompleta y contradictoria, no puede seguir sus propias leyes, sino que debe ser tratada como una parte de otro todo, que recibe el nombre de política” (p. 854).
18[18] R. ARON, op. cit, p. 164.
19[19] P. 829.
20[20] P. 855. Idea reforzada cuando apuntando a los apologistas de la teoría opuesta manifiesta que “aún tiene menos sentido que los teóricos afirmen que todos los medios militares disponibles deberían ser puestos a disposición del Comandante de forma que, sobre esa base, pudiera preparar planes puramente militares para una guerra o una campaña” (p. 856).
21[21] P. 855.
22[22] P. 223. Esto no quiere decir, por supuesto, que el rol complejo a desarrollar por la alta jerarquía militar pueda poner en duda su status castrense. No se trata de reconvertir a los altos mandos de los ejércitos en un tertium genus, ni mucho menos de diluir en el ínterin su formación o su específica capacidad militar. Sí se trata de aumentar el nivel de exigencia para que observen la política nacional con más perspectiva, buscando una visión más completa de las necesidades colectivas, una visión que trascienda lo meramente técnico: “Sostengo que un Comandante Supremo debe ser también un estadista, pero sin dejar de ser un general. Por una parte, está enterado de toda la situación política; por otra, conoce con exactitud lo que debe lograr con los medios puestos a su disposición” (íd.).
23[23] P. 857.
24[24] P. 193.
25[25] P. 194.
26[26] P. 199.
27[27] Clausewitz alude a que una vez en guerra, un país puede buscar la paz, ciertamente, por falta de expectativas de victoria, pero también a partir de un argumento más utilitario, a saber, por la “magnitud del coste” de seguir luchando (p. 199) y, en este caso, con independencia de su posición relativa. La otra cara de la moneda es que, siguiendo este mismo razonamiento, un país puede iniciar una guerra esperando que su debilidad material sea compensada por la falta de decisión política del adversario. Ejemplos de esta estrategia los tenemos incluso en época muy recientes: “¿cómo es posible que el Imperio Japonés, empleado desde hacía años en una guerra interminable con China, pudiera lanzarse al asalto de todas las posiciones europeas en el Sudeste Asíático y desafiar simultáneamente a Gran Bretaña y a los EEUU? (...) El cálculo fue el siguiente: (...) Ninguno de los más exaltados, entre los generales y los almirantes, imaginaba la entrada de las fuerzas japonesas en Washington, ni la paz dictada después de una victoria por aniquilamiento sobre los EEUU. Los jefes japoneses, que tomaron sobre sí la responsabilidad de iniciar la guerra, contaban con resistir el tiempo suficiene la contraofensiva americana y conseguir así cansar la voluntad enemiga de victoria” (R. ARON. Paz y guerra entre las naciones. Alianza Editorial, Madrid, p. 61). Lógicamente, si la naturaleza de la guerra exigiese la destrucción del enemigo como único resultado a contemplar, perdería fuerza, por no decir que desaparecería, esta posibilidad.
28[28] P. 186.
29[29] P. 187.
30[30] Pp. 824 y 839, respectivamente.
31[31] P. 825.
32[32] P. 854. También en el Libro I, capítulo 1 reconoce que el carácter político de la guerra y su “intensidad” son cosas distintas, de manera que sólo se puede negar que una guerra que se acerca al absoluto es política si, a un tiempo, pensamos que la política es una actividad “deshonesta” (p. 195). En este caso, Clausewitz nos advierte para no incurrir en una falacia convencionalista (presentar como una tautología una mera generalización obtenida por vía inductiva), esto es, en la catalogación de una guerra como abstracta, automáticamente, en función de sus efectos, sin atender a sus causas. En nuestro caso la falacia convencionalista operaría del siguiente modo: partimos de la base que todas las guerras políticas están alejadas de la violencia o de los objetivos maximalistas de la “absoluta”; si alguien es capaz de presentar un ejemplo de guerra mediatizada por la política que, pese a todo, posee esos atributos, se negaría ipso facto su carácter político.
33[33] Esto último es tan importante como el aspecto teórico relativo a su naturaleza mediática. Si una guerra es política, a pesar de que en algún momento alcance la brutalidad de la “guerra absoluta”, siempre será posible reconducirla, por mor del nunca dimitido liderazgo político, hacia formas más moderadas o hacia objetivos más limitados. En cambio, una “guerra absoluta” en sentido estricto, como quiera que, por definición, no se somete a ninguna lógica externa a la del combate que busca la aniquilación del enemigo, no incorpora este elemento de control susceptible de procurar las modificaciones a la baja aquí insinuadas.
34[34] P. 195.
35[35] Por supuesto que hasta la guerra absoluta puede conducir a la paz, pero no a la que aquí nos importa. La paz a la que nos aboca la guerra autodeterminada no es otra cosa que la certificación de la derrota física y moral del antagonista, es decir, algo así como una “muerte natural” de la guerra provocada por la destrucción y desaparición del interlocutor.
36[36] P. 853.
37[37] Una tesis contraria a la aquí sostenida puede ser leída en el reciente libro de GARCIA CANEIRO, La racionalidad de la Guerra, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2000, en el cual se procede a aplicar conceptos de la deconstrucción derridiana a la obra del prusiano, para afirmar, finalmente, que la guerra se convierte en un fin en sí. Son especialmente interesantes, a estos efectos, las pp. 95-96 y 101-103 del texto citado, en los que se emplean, respectivamente, las categorías de fármacon y de suplemento con el objetivo de apuntar los efectos contraproducentes de la guerra y la posibilidad de que ésta “supla” o “reemplace” a la política en vez de continuarla.
38[38] Clausewitz, Id.
39[39] No pretendo negar el valor intrínseco de la paz, pero sí relativizarlo. Lo que está sobre la mesa son distintas formas de concebirla y valorarla. La “paz”, como el “orden”, son, a mi entender, conceptos “formales”, que necesitan ser “rellenados” de sustancia política para saber realmente qué esconden tras de sí. Si la paz fuese más que eso, la guerra y la política no podrían cuestionarla o, de hacerlo, no podrían ser racionalizadas, convirtiéndose en algo inconmensurable a la razón, más cercano a una catástrofe natural que a una “guerra real”.
40[40] R. ARON. Guerra y paz..., op. cit, pp. 53 y 54, respectivamente.
41[41] P. 208.
42[42] P. 186.
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