¿POR QUÉ NO SOY CONSERVADOR?

Este es un texto que, en mi opinión, tiene mucha relevancia, ya que ayuda a comprender de mejor manera la distinción entre el liberalismo y el conservadurismo, dejando de lado las caricaturas y los comentarios poco rigurosos. Nota: el autor de este blog no comparte necesariamente las ideas vertidas en este post.
Von Hayek, Friedrich. Los Fundamentos de la Libertad (post-escriptum).
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El conservadurismo implica una legítima, seguramente necesaria y, desde luego, bien difundida actitud de oposición a todo cambio súbito y drástico. Nacido tal movimiento como reacción frente a la Revolución francesa, ha desempeñado, durante siglo y medio, un importante papel político en Europa. Lo contrario del conservadurismo, hasta el auge del socialismo, fue el liberalismo. No existe en la historia de los Estados Unidos nada que se asemeje a esta oposición, pues lo que en Europa se llamó liberalismo constituyó la base sobre la que se edificó la vida política americana; por eso, los defensores de la tradición americana han sido siempre liberales en el sentido europeo de la palabra.
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Permítaseme ahora pasar a referirme al mayor inconveniente que veo en el auténtico conservadurismo. Es el siguiente: la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de procesos perjudiciales, de nada nos sirve si lo que pretendemos es modificar y mejorar la situación presente. De ahí que el triste sino del conservador sea ir siempre a remolque de los acontecimientos. Es posible que el quietismo conservador, aplicado al ímpetu progresista, reduzca la velocidad de la evolución, pero jamás puede hacer variar de signo al movimiento. Tal vez sea preciso «aplicar el freno al vehículo del progreso»; pero yo, personalmente, no concibo dedicar con exclusividad la vida a tal función. Al liberal no le preocupa cuán lejos ni a qué velocidad vamos; lo único que le importa es aclarar si marchamos en la buena dirección.
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Antes de pasar a ocuparnos de los puntos en que más difieren las posiciones liberal y conservadora, me parece oportuno resaltar cuánto podían haber aprendido los liberales en las obras de algunos pensadores netamente conservadores. Los profundos y certeros estudios (ajenos por completo a los temas económicos) que tales pensadores nos legaron, demostrando la utilidad que encierran las instituciones natural y espontáneamente surgidas, vienen a subrayar hechos de enorme trascendencia para la mejor comprensión de lo que realmente es una sociedad libre. Por reaccionarias que fueran en política figuras como Coleridge, Bonald, De Maistre, Justus Möser o Donoso Cortés, lo cierto es que advirtieron claramente la importancia de instituciones formadas espontáneamente tales como el lenguaje, el derecho, la moral y diversos pactos y contratos, anticipándose a tantos modernos descubrimientos, de tal suerte que habría sido de gran utilidad para los liberales estudiar cuidadosamente sus escritos. Por lo general, los conservadores reservan para la evolución del pasado la admiración y el respeto que los liberales sienten por la libre evolución de las cosas. Carecen del valor necesario para dar la alegre bienvenida a esos mismos cambios engendradores de riqueza y progreso cuando son coetáneos.
He aquí la primera gran diferencia que separa a liberales y conservadores. Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución, aun constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas. La posición de los conservadores no sería, en verdad, demasiado criticable si limitaran su oposición a la excesiva rapidez en la modificación de las instituciones sociales y políticas. Existen poderosas razones que aconsejan ser precavidos y cautos en tales materias. Pero los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso, a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría. Jamás, cuando avizoran el futuro, piensan que puede haber fuerzas desconocidas que espontáneamente arreglen las cosas; mentalidad ésta en abierta contraposición con la filosofía de los liberales, quienes, sin complejos ni recelos, aceptan la libre evolución, aun ignorando a veces hasta dónde puede llevarles el proceso.
Tal actitud mental contribuye a que, por principio, estos últimos confíen en que, sobre todo la economía, gracias a las fuerzas autorreguladoras del mercado, se irá acomodando espontáneamente a cualquier nueva circunstancia, aun cuando con frecuencia nadie pueda prever con detalle cómo se realizará esa acomodación. La incapacidad de la gente para percibir por qué tiene que ajustarse la oferta a la demanda, por qué han de coincidir las exportaciones con las importaciones y otros extremos parecidos, tal vez sea la razón fundamental que les hace oponerse al libre desenvolvimiento del mercado. Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna «autoridad» que vele por que los cambios y las mutaciones se lleven a cabo «ordenadamente».
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La mentalidad conservadora, en definitiva, entiende que dentro de cada sociedad existen personas patentemente superiores, cuyas valoraciones, posiciones y categorías deben protegerse, correspondiendo a tales excepcionales sujetos un mayor peso en la gestión de los negocios públicos. Los liberales, naturalmente, no niegan que hay personas de superioridad indudable; en modo alguno son igualitaristas. Pero no creen que haya nadie que por sí y ante sí se halle facultado para decidir subjetivamente quiénes, entre los ciudadanos, deban ocupar esos puestos privilegiados. Mientras el conservador tiende a mantener cierta predeterminada jerarquía y desea ejercer la autoridad para defender la posición de aquellos a quienes él personalmente valora, el liberal entiende que ninguna posición otrora conquistada debe ser protegida contra los embates del mercado mediante privilegios, autorizaciones monopolísticas o intervenciones coactivas del Estado. El liberal no desconoce el decisivo papel que ciertas élites desempeñan en el progreso cultural e intelectual de nuestra civilización; pero estima que quienes pretenden ocupar en la sociedad una posición preponderante deben demostrar esa pretendida superioridad acatando las mismas normas que se aplican a los demás.
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Uno de los aspectos para mí más recusables de la mentalidad conservadora es su oposición, por principio, a todo nuevo conocimiento, por temor a las consecuencias que, a primera vista, parezca haya de producir; digámoslo claramente: lo que me molesta del conservador es su oscurantismo. Reconozco que, mortales al fin, también los científicos se dejan llevar por modas y caprichos, por lo que siempre es conveniente recibir sus afirmaciones con cautela y hasta con desconfianza. Ahora bien, nuestra crítica deberá ser siempre racional, y, al enjuiciar las diferentes teorías, habremos de prescindir necesariamente de si las nuevas doctrinas chocan o no con nuestras creencias preferidas. Siempre me han irritado quienes se oponen, por ejemplo, a la teoría de la evolución o a las denominadas explicaciones «mecánicas» del fenómeno de la vida, simplemente por las consecuencias morales que, en principio, parecen deducirse de tales doctrinas, así como quienes estiman impío o irreverente el mero hecho de plantear determinadas cuestiones. Los conservadores, al no querer enfrentarse con la realidad, sólo consiguen debilitar su posición.
...
En un solo aspecto puede decirse con justicia que el liberal se sitúa en una posición intermedia entre socialistas y conservadores. En efecto, rechaza tanto el torpe racionalismo del socialista, que quisiera rehacer todas las instituciones sociales a tenor de ciertas normas dictadas por sus personales juicios, como del misticismo en que con tanta facilidad cae el conservador. El liberal se aproxima al conservador en cuanto desconfía de la razón, pues reconoce que existen incógnitas aún sin desentrañar; incluso duda a veces que sea rigurosamente cierto y exacto todo aquello que se suele estimar definitivamente resuelto, y, desde luego, le consta que jamás el hombre llegará a la omnisciencia. El liberal, por otra parte, no deja de recurrir a instituciones o usos útiles y convenientes aunque no hayan sido objeto de organización consciente. Difiere del conservador precisamente en este su modo franco y objetivo de enfrentarse con la humana ignorancia y reconoce lo poco que sabemos, rechazando todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural, cuando la razón se muestra incapaz de resolver determinada cuestión. A veces puede parecernos demasiado escéptico,12 pero la verdad es que se requiere un cierto grado de escepticismo para mantener incólume ese espíritu tolerante típicamente liberal que permite a cada uno buscar su propia felicidad por los cauces que estima más fecundos.
De cuanto antecede en modo alguno se sigue que el liberal haya de ser ateo. Antes al contrario, y a diferencia del racionalismo de la Revolución francesa, el verdadero liberalismo no tiene pleito con la religión, siendo muy de lamentar la postura furibundamente antirreligiosa adoptada en la Europa decimonónica por quienes se denominaban liberales. Que tal actitud es esencialmente antiliberallo demuestra el que los fundadores de la doctrina, los viejos whigs ingleses, fueron en su mayoría gente muy devota. Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse.
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El conservadurismo implica una legítima, seguramente necesaria y, desde luego, bien difundida actitud de oposición a todo cambio súbito y drástico. Nacido tal movimiento como reacción frente a la Revolución francesa, ha desempeñado, durante siglo y medio, un importante papel político en Europa. Lo contrario del conservadurismo, hasta el auge del socialismo, fue el liberalismo. No existe en la historia de los Estados Unidos nada que se asemeje a esta oposición, pues lo que en Europa se llamó liberalismo constituyó la base sobre la que se edificó la vida política americana; por eso, los defensores de la tradición americana han sido siempre liberales en el sentido europeo de la palabra.
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Permítaseme ahora pasar a referirme al mayor inconveniente que veo en el auténtico conservadurismo. Es el siguiente: la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de procesos perjudiciales, de nada nos sirve si lo que pretendemos es modificar y mejorar la situación presente. De ahí que el triste sino del conservador sea ir siempre a remolque de los acontecimientos. Es posible que el quietismo conservador, aplicado al ímpetu progresista, reduzca la velocidad de la evolución, pero jamás puede hacer variar de signo al movimiento. Tal vez sea preciso «aplicar el freno al vehículo del progreso»; pero yo, personalmente, no concibo dedicar con exclusividad la vida a tal función. Al liberal no le preocupa cuán lejos ni a qué velocidad vamos; lo único que le importa es aclarar si marchamos en la buena dirección.
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Antes de pasar a ocuparnos de los puntos en que más difieren las posiciones liberal y conservadora, me parece oportuno resaltar cuánto podían haber aprendido los liberales en las obras de algunos pensadores netamente conservadores. Los profundos y certeros estudios (ajenos por completo a los temas económicos) que tales pensadores nos legaron, demostrando la utilidad que encierran las instituciones natural y espontáneamente surgidas, vienen a subrayar hechos de enorme trascendencia para la mejor comprensión de lo que realmente es una sociedad libre. Por reaccionarias que fueran en política figuras como Coleridge, Bonald, De Maistre, Justus Möser o Donoso Cortés, lo cierto es que advirtieron claramente la importancia de instituciones formadas espontáneamente tales como el lenguaje, el derecho, la moral y diversos pactos y contratos, anticipándose a tantos modernos descubrimientos, de tal suerte que habría sido de gran utilidad para los liberales estudiar cuidadosamente sus escritos. Por lo general, los conservadores reservan para la evolución del pasado la admiración y el respeto que los liberales sienten por la libre evolución de las cosas. Carecen del valor necesario para dar la alegre bienvenida a esos mismos cambios engendradores de riqueza y progreso cuando son coetáneos.
He aquí la primera gran diferencia que separa a liberales y conservadores. Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución, aun constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas. La posición de los conservadores no sería, en verdad, demasiado criticable si limitaran su oposición a la excesiva rapidez en la modificación de las instituciones sociales y políticas. Existen poderosas razones que aconsejan ser precavidos y cautos en tales materias. Pero los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso, a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría. Jamás, cuando avizoran el futuro, piensan que puede haber fuerzas desconocidas que espontáneamente arreglen las cosas; mentalidad ésta en abierta contraposición con la filosofía de los liberales, quienes, sin complejos ni recelos, aceptan la libre evolución, aun ignorando a veces hasta dónde puede llevarles el proceso.
Tal actitud mental contribuye a que, por principio, estos últimos confíen en que, sobre todo la economía, gracias a las fuerzas autorreguladoras del mercado, se irá acomodando espontáneamente a cualquier nueva circunstancia, aun cuando con frecuencia nadie pueda prever con detalle cómo se realizará esa acomodación. La incapacidad de la gente para percibir por qué tiene que ajustarse la oferta a la demanda, por qué han de coincidir las exportaciones con las importaciones y otros extremos parecidos, tal vez sea la razón fundamental que les hace oponerse al libre desenvolvimiento del mercado. Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna «autoridad» que vele por que los cambios y las mutaciones se lleven a cabo «ordenadamente».
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La mentalidad conservadora, en definitiva, entiende que dentro de cada sociedad existen personas patentemente superiores, cuyas valoraciones, posiciones y categorías deben protegerse, correspondiendo a tales excepcionales sujetos un mayor peso en la gestión de los negocios públicos. Los liberales, naturalmente, no niegan que hay personas de superioridad indudable; en modo alguno son igualitaristas. Pero no creen que haya nadie que por sí y ante sí se halle facultado para decidir subjetivamente quiénes, entre los ciudadanos, deban ocupar esos puestos privilegiados. Mientras el conservador tiende a mantener cierta predeterminada jerarquía y desea ejercer la autoridad para defender la posición de aquellos a quienes él personalmente valora, el liberal entiende que ninguna posición otrora conquistada debe ser protegida contra los embates del mercado mediante privilegios, autorizaciones monopolísticas o intervenciones coactivas del Estado. El liberal no desconoce el decisivo papel que ciertas élites desempeñan en el progreso cultural e intelectual de nuestra civilización; pero estima que quienes pretenden ocupar en la sociedad una posición preponderante deben demostrar esa pretendida superioridad acatando las mismas normas que se aplican a los demás.
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Uno de los aspectos para mí más recusables de la mentalidad conservadora es su oposición, por principio, a todo nuevo conocimiento, por temor a las consecuencias que, a primera vista, parezca haya de producir; digámoslo claramente: lo que me molesta del conservador es su oscurantismo. Reconozco que, mortales al fin, también los científicos se dejan llevar por modas y caprichos, por lo que siempre es conveniente recibir sus afirmaciones con cautela y hasta con desconfianza. Ahora bien, nuestra crítica deberá ser siempre racional, y, al enjuiciar las diferentes teorías, habremos de prescindir necesariamente de si las nuevas doctrinas chocan o no con nuestras creencias preferidas. Siempre me han irritado quienes se oponen, por ejemplo, a la teoría de la evolución o a las denominadas explicaciones «mecánicas» del fenómeno de la vida, simplemente por las consecuencias morales que, en principio, parecen deducirse de tales doctrinas, así como quienes estiman impío o irreverente el mero hecho de plantear determinadas cuestiones. Los conservadores, al no querer enfrentarse con la realidad, sólo consiguen debilitar su posición.
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En un solo aspecto puede decirse con justicia que el liberal se sitúa en una posición intermedia entre socialistas y conservadores. En efecto, rechaza tanto el torpe racionalismo del socialista, que quisiera rehacer todas las instituciones sociales a tenor de ciertas normas dictadas por sus personales juicios, como del misticismo en que con tanta facilidad cae el conservador. El liberal se aproxima al conservador en cuanto desconfía de la razón, pues reconoce que existen incógnitas aún sin desentrañar; incluso duda a veces que sea rigurosamente cierto y exacto todo aquello que se suele estimar definitivamente resuelto, y, desde luego, le consta que jamás el hombre llegará a la omnisciencia. El liberal, por otra parte, no deja de recurrir a instituciones o usos útiles y convenientes aunque no hayan sido objeto de organización consciente. Difiere del conservador precisamente en este su modo franco y objetivo de enfrentarse con la humana ignorancia y reconoce lo poco que sabemos, rechazando todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural, cuando la razón se muestra incapaz de resolver determinada cuestión. A veces puede parecernos demasiado escéptico,12 pero la verdad es que se requiere un cierto grado de escepticismo para mantener incólume ese espíritu tolerante típicamente liberal que permite a cada uno buscar su propia felicidad por los cauces que estima más fecundos.
De cuanto antecede en modo alguno se sigue que el liberal haya de ser ateo. Antes al contrario, y a diferencia del racionalismo de la Revolución francesa, el verdadero liberalismo no tiene pleito con la religión, siendo muy de lamentar la postura furibundamente antirreligiosa adoptada en la Europa decimonónica por quienes se denominaban liberales. Que tal actitud es esencialmente antiliberallo demuestra el que los fundadores de la doctrina, los viejos whigs ingleses, fueron en su mayoría gente muy devota. Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse.

Comentarios
"...Es el siguiente: la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna" ..."de ahí que el triste sino del conservador sea ir siempre a remolque de los acontecimientos"... "digámoslo claramente: lo que me molesta del conservador es su oscurantismo"...
¿está seguro mi querido Hayek? Afirmar esto demuestra que la "propia condición" desde donde ud. observa el conservadurismo es tan sólo lógicamente reaccionaria, históricamente francesa e europeamente inglesa. El conservadurismo francés, no es el conservadurismo revolucionario prusiano, alemán, ni mucho menos el conservadurismo inglés. Las mismas reservas podrían hacerse con el liberalismo alemán (el denominado ahora, en economía, "modelo renano"). ¿oscurantismo? El Welfare State, o más precisamente el Wohlfahrtstaat, fue una invención exquisitamente prusiana (Bismarck), antes que inglesa.
" Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse".
depende desde qué esfera se afirme esto. Quién acepte, sin más, que debe ser la temporal, presupone que la distinción ya está resuelta (además de confundirse).
"De cuanto antecede en modo alguno se sigue que el liberal haya de ser ateo. Antes al contrario, y a diferencia del racionalismo de la Revolución francesa... siendo muy de lamentar la postura furibundamente antirreligiosa adoptada en la Europa decimonónica por quienes se denominaban liberales".
Exacto. Por lo mismo el liberalismo inglés y el anarquismo ruso (Bakunin), luego europeo, convergen furibundamente en más de un punto en su concepción de la libertad. Con una gran y muy sutil diferencia: el auténtico anarquista (ruso, aristocrático, ultra-naturalista) es tan devoto como los old wihgs. Lo liberales sucesivos serán menos que deistas. Bakunin no es Proudhon.
Se ve, en general, cuánto sinceramente old whig es Ud. Se pregunte simplemente porqué nunca llegó la revolución bolchevique a Alemania. Más bien, diría, "preocupantemente" al contrario, hasta Stalingrado...
cordialmente,
Giovanni
Geviert-Kreis
PS: a Carlos: Friedrich.
Hola Carlos
La lectura de este post me ha animado a hacer un comentario en mi blog, para el que esté interesado:
http://reflexioneshaqqanis.wordpress.com/2009/06/29/%c2%bfconservadores-o-liberales-sobre-el-cambio-y-el-estatus-quo/
Saludos,
Nureddin
No he podido contestar todo lo posteado en el blog porque he estado muy ocupado en las recientes semanas.
Un breve comentario sobre el texto de Hayek: ciertamente, la definición que tiene él de "conservadurismo" debe ser discutida, puesto que parece relacionarlo a un "nacionalismo no-liberal". Menciono esto porque algunos han mencionado que entre Hayek y Schmitt, por ejemplo, no hay mucha distancia en lo político (veáse: "Carl Schmitt and the authoritarian liberalism, de Renato Cristi").
No obstante, la intención del post era ponerle un toque académico a la montonería de "chapucería" que cunda por la blogósfera. A los que actúan de esa manera habría que decirles algo concreto: más seriedad académica y menos mazamorra conceptual, por favor.
cordiales y respetuosos saludos a todos los visitantes de este blog.
buena pregunta Sr. Del Castillo, me la pongo yo también sinceramente. Tal vez Eduardo sea la persona adecuada para intentar una primera respuesta pertinente sobre dicha pregunta. Una pregunta bien planteada es la mejor dirección-guía hacia la posible respuesta (cfr. Heidegger).
Nosotros podríamos, luego, hacer una comparación de la posible respuesta y del debate con los casos europeos, alemán in primis. Un cordial intercambio multidisciplinario, mínimamente hermenéutico, almenos por escrito: más no creo que podremos quitarle al diálogo vivo, auténtico.
Esto me lleva a compartirle algunas reflexiones de método a modo de respuesta preparatoria:
Constatar las diferentes "pieles" del pensamiento conservador no relativizaría los puntos doctrinarios esenciales comunes a esta tradición de pensamiento (idea de Estado, Idea de Individuo, idea de libertad, idea de lo religioso, etc.). La constatación permitiría más bien comparar las diferencias y similitudes de modo socio-histórico - no olvidemos a Rokkan -, operacionalizando y confrontando, luego, los diferentes matices concretamente, según las realidades de los casos de estudio o contextos nacionales. Una parsimoniosa perspectiva deductiva a partir del corpus teórico-doctrinario de los mismo autores conservadores relevantes (e.g. Burke), así como la literatura producida a partir de ellos, sería un camino por recorrer. Todo esto convergería virtuosamente, luego, con un análisis inductivo, empírico, exquitamente comparativo, macro-cualitativo (cfr. Charles Ragin y nuestro link de Compasss), siempre a partir de las realidades nacionales, pero sin limitarse al "fetichismo del dato". A partir de este doble procedimiento - hermenéutico en la pregunta, deductivo-inductivo en el modo de tratarla - podríamos delinear una primera generalización para el debate, una posible "tipología del conservadurismo", para luego, finalmente, colocar el conservadurismo peruano y/o latinoamericano en esta familia de ideas.
Tal doble parsimonia brilla completamente por su ausencia en los debates y/o en los post mismos, como bien afirma Carlos. Toda sana parsimonia no deberá excluir obviamente la posiblidad heurística de la sorpresa inesperada, espontánea, que nace siempre de toda buena y libre intuición sobre algo que se trata. Tal idea no será nunca deductiva, ni inductiva, tampoco será lógica, tanto menos positiva, cientítifca.
No se excluirá la filosofía (política) en todo este ejercicio. En efecto, una pregunta elemental, "filosófica" si se quiere llarmarla así, sería preliminar a cualquier pregunta sobre el pensamiento conservador (sobre cualquier pensamiento en realidad). Me refiero a la pregunta sobre la concepción del tiempo que se maneja, la "imagen del tiempo" (Zeitbild) que utilizamos para confrontarnos con la pregunta que nos planteamos sobre el pensamiento conservador.
Un mínimo de respeto no será menos importante. No me refiero únicamente al respeto hacia el interlocutor en el debate - yo soy fisiológicamente irrespetuoso hasta el descaro con aquel que me escribe algo sin un mínino de pudor consigo mismo frente a los símbolos que utiliza (no me refiero al estilo, registro o demás manierismos de los críticos literarios. No me confunda con los Combos por favor). En estos casos, mi descaro es siempre proporcional a la actitud impúdica de aquel que me mansilla el signo y me lanza al ojo sus egologías con su buen autor "ilustre" bajo el brazo. Estos buenos quemadores de cadáveres merecen sólo la ironía.
Me refiero, pues, al respeto por los Símbolos que se utilizan. Símbolos que no son nuestros después de todo, si se ve el punto de manera estricta.
(sigue)
El respeto al que me refiero comprende también, de consecuencia, el respecto ante la idea que se expresa. No el modo cómo se expresa (Al respecto más adelante). Se ha perdido, pues, completamente la actitud respetuosa hacia si mismo y la piedad misma antes de disponerse a pensar una idea cualquiera.¡Imagínese en qué se convertirá el poner una pregunta o ponerla a los demás! Ud. que es abogado, si no me equivoco, entenderá mejor que yo, cuánto necesario sería un mínimo de hermenéutica jurídica, (procesual- penal, mejor todavía) para que cualquier investigador se exprese pertinentemente y con rigor. Uno se debe tomar en serio antes de afirmar o negar algo frente a la idea (y por ella) que trata o interroga, frente a la idea QUE LO TRATA Y LO INTERROGA. Nada de esto se ve lamentablemente. Frente a tal cuadro no queda otra cosa que condenarse a pasar por irónico o descarado y con orgullo sinceramente.
El mínino que se pediría antes de pensar, por ejemplo, la idea de virtud en Machiavelli - cualquier idea en realidad y de cualquier persona, no sólo la ilustre. Es más: hasta sin su autor, si logra intuirme correctamente por dónde va mi discurso -, exigiría que uno se lave primero bien las manos antes que nada. Así de drástico debe ser. Las manos bien limpias ante la idea que se trata, es una buena muestra de salud.
Después de dicho necesariamente todo esto, regresemos ahora a la posible pregunta sobre el pensamiento conservador frente al problema del Zeibild que utilizaremos para responderla. Yo afirmaría que el pensamiento conservador tiene muy pero muy poco que ver con el pasado, con el tiempo cronológico. El conservadurismo auténtico tiene que ver esencialmente con todo aquello que ES siempre, aquello que es válido según su Weltbild (imagen del mundo) en el instante puntual, una y otra vez, en su manifestarse. Es el presente inmediato, incondicional, puntual en su darse lo que caracteriza el pensamiento auténticamente conservador. Un buen conservador es siempre un devoto, peregrino del instante y en el instante (Kairos). Es, pues, un auténtico peregrino del absoluto finalmente (leon Bloy). Todo conservadurismo alemán fue siempre jung-konservativ (joven-konservador).
El reaccionario puede ser conservador, pero no necesariamente viceversa. Por esto último, el conservador no sigue irreflexivamente lo nuevo por lo nuevo, por lo mismo puede ser auténticamemte revolucionario. Notará, que, desde esta singular Zeitbild conservadora, el auténtico reaccionario, es decir, aquel que sigue lo nuevo por lo nuevo, categorizado espuriamente a través de una cierta dialéctica o procesualidad que la historia no posee, sería el comunista. Haga el ejercicio de colocar la demás tradiciones (socialista, democrática) y se soprenda de las respuestas. Notará al mismo tiempo porqué conservador también puede ser un nacional-liberal (Weber, Schmitt por ejemplo).
Si la filosofía no basta para responder a esta pregunta inicial, podríamos ir más allá de ella y afirmar "esotéricamente", si se quiere, lo siguiente sobre el tiempo kairológico del conservador: "el instante es el reflejo inverso de la eternidad en el tiempo" (René Guénon).
Tal es la Leitidee (idea-guía).
Después de todo leo por ahí que se critica abiertamente al conservador de interesarse por el pensamiento "metapolítico". Es verdad. A diferencia de sus críticos improvisados, el conservador demostrará ser capaz de las dos cosas: del discurso político y metapolítico indistintamente. Por lo mismo se arroga el derecho de pedir a estos críticos que (se) demuestren almenos competencia en política antes de preguntar sobre metapolítica (respeto y manos límpias es tácito). Distinciones elementales entre poder y autoridad por ejemplo brillan por su ausencia en los debates.
(sigue)
De esta manera me prepararía a responder a su pregunta.
cordialmente,
Giovanni
Geviert-Kreis
Rescato su distinción entre el reaccionario y el conservador. Hace un tiempo escribí algo al respecto:
http://chicobilly.blogspot.com/2008/09/qu-es-ser-conservador.html
seguimos en contacto, gracias por visitar mi blog.
Gracias por la mención, leí tu post y tu interpretación desde Islam es correcta. No obstante, Hayek está pensando desde y para occidente, habría que hacer esa atingencia.
un abrazo.
Mis saludos nuevamente,
"desde mi punto de vista, el conservadurismo de hoy está en el liberalismo político (aún en el llamado "liberalismo de izquierda"), pues son ellos quienes defienden el Estado de Derecho; mientras que los reaccionarios y revolucionarios niegan esto, pues piensan que lo mejor es la dictadura soberana y la "soberanía popular", respectivamente, ya que para ambos el enemigo es el liberalismo".
Exacto. Nada más claro que el agua y convergente con lo expuesto en mi comentario. Es precisamente lo que yo llamo, en términos político-teológicos, el pensamiento DEISTA (correspondiente a tu conservadurismo en los liberales) y el TEISTA (correspondiente al tradicionalismo reaccionario de Derecha, que es el perfecto reflejo especular del Deismo). Es más: si meditamos correctamente esta cita con mi punto sobre el Zeitbild, es decir, si consideramos estas relaciones en el PRESENTE PUNTUAL (el estado de Derecho), el liberalismo de izquierda asemeja históricamente al típico pensamiento pequeño-burgués (kleinbürgerlich), ni completamente intelectual, ni completamente político. Esta ambigüedad nace como consecuencia de la política del burgués (großbürgerlich) que crea el espacio público o "dominio i-legítimo de la ciudad" (Weber) como lugar de libertad originario para el siervo o el vasallo. El siervo liberado es precisamente el que se ocupa y "vive" del mero intelecto en el espacio de la ciudad fundada por el gran burgués. Gramsci (durante la carcel) desarrollará esto (el denominado "intelectual orgánico" y la "clase política") de manera magistral.
El auténtico liberal-conservador (el old wihg de Hajek) no pertenece al "pensamiento urbano", de mera izquierda o mera derecha. El espacio de la estatualidad es completamente diferente al espacio urbano de la "socialidad". El plurarismo auténticamente político (siempre hablando actualmente) es pluralismo poliárquico, neo-corporativo y constitucionalmente garantista.
El pluralismo político liberal, la poliarquía procedural, también se exporta con la fuerza (ver Irak), no es, pues, únicamente el "pluralismo ético, multicultural" que se pregona ingenuamente (desde la perspectiva de lo social) como universal. A esto último nosotros lo llamamos ontologización deista, civil-religiosa, del contractualismo.
No ha sido casual - para citar un ejemplo - que un gran politólogo liberal como S. Huntington haya sido completamente "chapuseado" por los culturólogos últimamente, comparándolo con otros autores "culturales", completamente ajenos al discurso teórico del DP&P (ver más adelante). discurso teórico que Huntington conoció bien y promovió.
Una miopía cognitiva y voluntaria, en pocas palabras. los "liberales de izquierda" se demuestran, entonces, conservadores en política y reaccionarios en lo social (la sociedad civil es un mantra intocable, no existen "deberes" humanos, sólo derechos.
Los mejores teóricos político-militares sobre promoción de DDHH son más serios. Son aquellos que se "ensucian" y van del brazo con los cascos azules o el ejercito de la OTAN, para hace auténtica Democracy Promotion & Protection, DP&P). Todos son auténticos liberales (schmittianos): R. Kagan, J.J.Kirkpatrick, etc.
(sigue)
estos liberales promotores de programas DPP, no se interesan de esas melífluas exégesis discursivas y culturológicas sobre paz, violencia, "analogías médicas" y demás puntillismos que en cambio gustan a los liberales de izquierda. Detrás de toda esa retórica universalista de los DDHH, están tres o cuatro centros concretos de políticas globales de DPP, no más (todos están linkeados en mi blog roll: EUISS, Carnagie E., IEEI, SWP).
A los operadores de izquierda (ong, fundaciones, etc.) los Promoters DPP de DDHH les dejan que se ocupen de las semánticas culturales, transicionales y transformativas de soporte (político) post-conflictual - ¿qué otra cosa es la CVR sino esto? Un ejemplo del más antiguo manual DPP militar, por favor. (Se vea mi artículo en el Blog).
si el reaccionarismo liberal de izquierda dejase, entonces, el moralismo municipalista y asumiese un auténtico realismo político DPP liberal, dejaría, sin duda, de ser reaccionario. Los
Giovanni
GK