La unidad de la ciudad y del individuo en Platón

Acabo de terminar mi primer ciclo en el diplomado de Filosofía con mención en Ética y Política de la UARM. El curso que llevé fue el "Seminario de Platón y Aristóteles" a cargo del profesor Dante Dávila. La experiencia en general ha sido muy buena, pues la universidad tiene un nivel académico destacable y el profesor es un versado en la materia.
Asimismo, es mi primer acercamiento a los textos filosóficos de manera seria y rigurosa. En esta ocasión leímos toda La República, por lo cual me gustaría compartir con ustedes el informe de lectura de uno los capítulos del libro que más me gustó.
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PLATÓN, La República. Traducción de Antonio Camarero y Rodolfo Mondolfo. Argentina: EUDEBA. 2004. Libro IV. 419a-432e.
I. La verdadera dicha de los guardianes y la unidad de la ciudad:
Primero se presenta el tema de la felicidad de los guardianes (419a) y la discusión de los beneficios y riquezas que deberían ganar por gobernar (420b). Lo cual lleva a la discusión de cuál sería la verdadera dicha de ellos (420b) y cómo esto está íntegramente relacionado con la felicidad y bienestar de la ciudad (420b-421c).
Adimanto empieza criticando por qué los guardianes no podrían disfrutar de los bienes de la ciudad que ellos preservan y defienden. En este sentido, critica a Sócrates por no plantear la felicidad individual de los guardianes al negarles la riqueza material (419a).
Sócrates responde esta objeción volviendo al argumento de la función que le corresponde a cada uno en la creación de la ciudad (371b) diciendo que “no hemos fundado la ciudad con el objetivo de que una clase de ciudadanos sea particularmente dichosa, sino con miras a que toda la ciudad sea lo más feliz posible…” (420b).
En este sentido, Platón argumenta que la verdadera felicidad de los guardianes está en la dicha y felicidad de la ciudad, lo cual significa la preservación de su unidad (420c). Esto, como hemos dicho, se fundamenta en la lógica de que si cada parte cumple su verdadera función, entonces, la totalidad se presenta hermosa y armónica, por lo cual la felicidad individual no es la función del guardián, sino la felicidad colectiva (420d-e) . En resumidas cuentas, el inicio del libro IV coloca la idea de la unidad de la ciudad como tema central.
Sócrates, asimismo, advierte sobre lo caótica que sería la ciudad si cada uno no cumple con la función que le corresponde (421b), por lo cual resalta que los guardianes deben cumplir su función así sea por la persuasión o por la fuerza (421c), lo cual significa que el cumplimiento de su deber es ineludible.
Asimismo, es mi primer acercamiento a los textos filosóficos de manera seria y rigurosa. En esta ocasión leímos toda La República, por lo cual me gustaría compartir con ustedes el informe de lectura de uno los capítulos del libro que más me gustó.
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PLATÓN, La República. Traducción de Antonio Camarero y Rodolfo Mondolfo. Argentina: EUDEBA. 2004. Libro IV. 419a-432e.
I. La verdadera dicha de los guardianes y la unidad de la ciudad:
Primero se presenta el tema de la felicidad de los guardianes (419a) y la discusión de los beneficios y riquezas que deberían ganar por gobernar (420b). Lo cual lleva a la discusión de cuál sería la verdadera dicha de ellos (420b) y cómo esto está íntegramente relacionado con la felicidad y bienestar de la ciudad (420b-421c).
Adimanto empieza criticando por qué los guardianes no podrían disfrutar de los bienes de la ciudad que ellos preservan y defienden. En este sentido, critica a Sócrates por no plantear la felicidad individual de los guardianes al negarles la riqueza material (419a).
Sócrates responde esta objeción volviendo al argumento de la función que le corresponde a cada uno en la creación de la ciudad (371b) diciendo que “no hemos fundado la ciudad con el objetivo de que una clase de ciudadanos sea particularmente dichosa, sino con miras a que toda la ciudad sea lo más feliz posible…” (420b).
En este sentido, Platón argumenta que la verdadera felicidad de los guardianes está en la dicha y felicidad de la ciudad, lo cual significa la preservación de su unidad (420c). Esto, como hemos dicho, se fundamenta en la lógica de que si cada parte cumple su verdadera función, entonces, la totalidad se presenta hermosa y armónica, por lo cual la felicidad individual no es la función del guardián, sino la felicidad colectiva (420d-e) . En resumidas cuentas, el inicio del libro IV coloca la idea de la unidad de la ciudad como tema central.
Sócrates, asimismo, advierte sobre lo caótica que sería la ciudad si cada uno no cumple con la función que le corresponde (421b), por lo cual resalta que los guardianes deben cumplir su función así sea por la persuasión o por la fuerza (421c), lo cual significa que el cumplimiento de su deber es ineludible.
II. Lo que corrompe a la ciudad, el arte de la guerra y la unidad perfecta:
En esta parte se discuten los dos elementos que corrompen esta dicha y felicidad en la ciudad: la pobreza y la riqueza (421d-422a). Sin embargo, al mencionar el conflicto que podría surgir cuando una ciudad tenga más riqueza que otras, se trata también el arte de la guerra (422b-422d). A partir de aquí se crítica la pluralidad de una ciudad por dentro entre ricos y pobres (422c-423a), para concluir que lo más perfecto es la ciudad como unidad (423b).
Sócrates afirma que el exceso de riqueza o pobreza corrompe la función de quienes han creado la ciudad, por lo cual los guardianes deben impedir que ambas entren a esta (421d-e). Sin embargo, Adimanto responde que para hacer la guerra, es decir para cubrir las necesidades propias de la ciudad (373e), esta debe tener riquezas (422a).
En este sentido, Platón vuelve a la lógica de las funciones: Si se tiene que hacer la guerra, diría Sócrates, nuestra ciudad tiene hombres preparados especialmente para esta; por lo tanto, un solo luchador podría derrotar a varios inexpertos en la guerra y a los ricos también (422c-d). No obstante, Adimanto replica preguntándose por la posibilidad de acumulación de las riquezas en una sola ciudad que, obviamente, no es la propia (422e).
En este nivel de la discusión Platón parece querer dejar en claro que en este caso habría una pluralidad en esta ciudad porque se dividiría entre ricos y pobres (423a), en cambio la ciudad perfecta se administra de acuerdo al orden establecido, por lo cual no será grande en apariencia sino en la realidad (423a-b). En este sentido, Platón resalta que la unidad de la ciudad implica la eliminación de la pluralidad y desigualdad, junto a una separación de lo político y lo económico .
III. El tamaño de la ciudad, su unidad y la perfecta educación:
Aquí se empieza argumentando que el tamaño de la ciudad debe ser determinado por los gobernantes de manera tal que no afecte la unidad de la que se ha hablado (423c) . Sin embargo, después de esto se hace una afirmación que nos parece la más importante de esta parte del libro.
Platón hace una relación interesante entre los dotes naturales, el cumplimiento de las funciones y la unidad y armonía en la ciudad: “Con ello queríamos hacerles comprender que es preciso dar a cada ciudadano la ocupación a la cual lo han destinado sus dotes naturales, a fin de cada cual, aplicándose al trabajo que mejor le conviene, sea único, absolutamente único, y no múltiple y que de tal manera toda la ciudad resulte una sola ciudad unida, y no muchas” (423d).
Esta parte del diálogo nos parece fundamental para comprender la relación que Platón hace entre el hombre y la ciudad, pues se supone que cada uno de nace con una serie de aptitudes y habilidades que nos llevan a cumplir una función respectiva en esta. Entonces, la armonía y el cumplimiento de esto permitirán que la unidad sea posible. Por lo tanto, pensamos que hay una relación análoga entre el individuo y la sociedad para la unidad y la armonía.
Sin embargo, para Platón esto no parece ser suficiente, pues inmediatamente empieza el tema de la educación (423e). Sería la perfecta educación la que produciría “buenos caracteres naturales” (424a), por lo cual parece estar apuntando a la perfección de nuestras propias aptitudes innatas. Por lo tanto, Platón cree que se tiene que velar por la educación para que esta no se corrompa ni se cambie, pues así como la gimnasia o la música esta debe basarse en normas establecidas (424b), ya que la introducción de nuevas formas de normatividad puede echar todo a perder (424c).
IV. La introducción del mal, la educación del hombre y el amor a las leyes:
Esta parte del libro introduce una idea que es fundamental para comprender el desenvolvimiento de los temas que irán saliendo más adelante: “… nuestros guardianes harán de la música la ciudadela más importante de su guardia” (424d).
Recordemos que en el libro III se había mencionado que la música educa el alma (410c), por lo cual afirmamos que Platón hace una relación interesante en este nivel: el guardián que vela por la felicidad y unidad de la ciudad también debe cuidar por su alma, es decir, por su unidad interior. En este sentido, Platón introduce aquí la estrecha relación entre la unidad del alma como análoga a la unidad de la ciudad.
Veamos cómo se produce esto. Adimanto advierte que en este cuidado de los guardianes también se introduce el mal, avanzando sin que uno se dé cuenta y terminando por destruir todo, hasta las leyes mismas (424d-e). Sin embargo, Sócrates responde que para eso es importante la música pues esta introduce en el alma el amor a las leyes, por lo cual estas le seguirán para toda su vida y todo lo que no vea acorde a ellas las enderezará (425a) .
Asimismo, sólo de esta manera, las normas que quedaron en desuso podrán ser reestablecidas (425b). Por lo tanto, no tendría sentido legislar sobre estos asuntos porque serían el resultado natural de la educación. Es decir, estas se harían propias de nuestras costumbres en las relaciones sociales.
En esta parte nos parece que hay una crítica de Platón al “normativismo”, pues cree que con hombres bien educados, es decir hombres de bien, no es necesario dictar toda una serie de normas o leyes sobre la conducta (425e). De esta manera, considera que este tipo de acciones no ataca el punto principal del problema: “…vivirán como esos enfermos que, por su intemperancia, no quieren salir de un régimen de vida que perjudica su salud” (Ibíd.).
Este último ejemplo de la enfermedad le sirve a Platón para hacer la analogía con lo dicho inicialmente: el punto fundamental estaría en la armonía del alma y la ciudad. Para lograr lo primero se necesita a la educación, como la música. Lo cual permitiría que la propia acción del hombre sea buena: amar a las leyes. De esta manera, no se haría necesario la legislación y el “normativismo” con hombres que mantienen la armonía interna del alma y, por ende, la unidad y armonía de la misma ciudad que ellos preservan.
V. Los que cuidan la ciudad, los verdaderos legisladores y la ley divina:
Aquí se empieza criticando a quienes se oponen a los cambios en el régimen institucional, en donde pueden distinguirse los que en realidad quieren cambiarla y quienes sólo quieren esto en apariencia (426c).
Seguidamente hay una crítica a los políticos como legisladores (426e), pues se considera que en su “normativismo” no atacan el punto principal: “no creo yo que en una ciudad, bien o mal gobernada, el verdadero legislador debe ocuparse de leyes y reglamentos semejantes; en la primera, son inútiles y nada se gana con ellos; en la segunda, están al alcance de cualquiera y se desprenden en buena parte de las costumbres tradicionales” (427a).
¿Cuál es, entonces, el origen de las leyes fundamentales de la ciudad? Platón introduce aquí una visión un tanto religiosa y tradicional cuando le preguntan a Sócrates sobre lo que le correspondería al hombre legislar: “A nosotros, nada –contesté-, pero a Apolo de Delfos le corresponde el cuidado de las leyes más importantes, de las más hermosas y de las primeras entre todas” (427b).
Por lo tanto, por el lado de los legisladores hay una crítica de Platón por no enfatizar el asunto de la educación para producir hombres buenos en la misma acción social. Sin embargo, cuando se menciona el tema de la legislación sobre los asuntos más importantes de la ciudad, se coloca la idea de la ley divina y dios (427c).
VI. La ciudad constituida y las características de la justicia dentro de ella:
En esta parte del diálogo se considera que como la ciudad ya está constituida se puede pasar al tema inicial: dónde reside la justicia y la injusticia y a qué debe atenerse uno para ser feliz (427d).
Si la ciudad está bien constituida, será perfecta; por lo cual considera que tiene 4 características fundamentales: la prudencia, el valor, la templanza y la justicia (427e). Para encontrar esta última se cree mejor iniciar por el conocimiento de las otras tres, aunque todas ellas -recalca- son virtudes (428a).
Por esta razón, Platón empieza por la prudencia, a la que relaciona con la acertada deliberación en la ciudad, lo cual constituye una ciencia (428b). Asimismo, se menciona que hay muchos tipos de ciencia (428c), pero se establece que es la relaciona a la deliberación de los asuntos públicos la que se propone “la salvaguardia de la ciudad” (Ibíd.).
De este modo, este tipo de ciencia vendría a ser la prudencia; no obstante, inmediatamente sale la pregunta de quiénes serían aquellos que la tendrían, por lo cual se considera que es una minoría que son los guardianes de la ciudad (428e). Aquí nuevamente vemos una relación muy estrecha entre las cualidades del carácter interno y el carácter de la ciudad.
Habiendo encontrado la primera de las virtudes, se pasa a discutir lo que es el valor. Aquí Platón cree que esta es una especie de preservación, que no es más que un criterio “sobre las cosas que hay que temer y sobre su naturaleza” (429c). Por lo tanto, el valor se refiere al conocimiento de lo que debe temerse y lo que no debe temerse (430a).
Del mismo modo, relaciona este discernimiento como un criterio justo que está en la misma persona (430b) pero que no sólo se limita a ella, ya que el valor también es “una cualidad propia de la ciudad”, aunque prefiere dejar el tema para más adelante (Ibíd.).
En seguida analiza la templanza relacionándola con “una especie de acorde y de armonía” que se pone sobre ciertos placeres y pasiones y que comúnmente se considera como “ser dueño de sí mismo” (430e). Sin embargo, esta frase es un tanto imprecisa, por lo que se considera que en el alma del hombre hay una subordinación de lo malo a lo bueno, lo que también pasaría en la ciudad (431a-b).
Las pasiones y los deseos, igualmente, son los “apetitos de la mayoría” y tienen que ser sometidas a la razón (431c), por lo que se vuelve a relacionar a la templanza con la ciudad: “… si puede decirse de una ciudad que es dueña de sus placeres y apetitos y dueña de sí misma, debe decirse de la nuestra con mayor razón que de ninguna otra” (431d).
De esta manera, la templanza en Platón se asemeja a la armonía tanto en los gobernantes como en los gobernados de la ciudad (431e): “…la templanza consiste en este acuerdo, en esta armonía entre los menos bueno y lo mejor por naturaleza que hay en una ciudad o en una persona y que decide cuál de ellos ha de gobernar tanto en la una como la otra” (432a).
Terminada esta definición Sócrates sugiere que desde hace tiempo la justicia ha estado entre los conceptos y temas que se han mencionado, pero que ha pasado desapercibida, por lo cual se tratará de dilucidarla (432e).
VII. Conclusiones:
En términos generales en Platón hay una relación que es transversal a lo largo del libro IV: la unidad de la ciudad tiene que ser análoga a la unidad del individuo. Hay una racionalidad en ambos, pues el cuidado de la ciudad también está ligado al cuidado del alma.
Además, se nos habla de las dotes naturales de los individuos, lo cual lleva a algunos a ser artesanos, zapateros, comerciantes, etc. Sin embargo, para el caso de los guardianes, que son los encargados de mantener la unidad en la ciudad, no bastan las aptitudes innatas.
Los guardianes tienen una educación especial, es decir de élite, son formados para tener carácter. Esto último se relaciona a las virtudes que deben tener los gobernantes para mantener la unidad de su alma y de la ciudad simultáneamente.
Por otro lado, las aptitudes naturales se relacionan a las funciones de los individuos en la ciudad, pues para Platón es evidente que la armonía y la unidad sólo es posible en una sociedad en donde las jerarquías estén claramente definidas y donde cada uno cumpla la función que le corresponde.
De la misma manera, hay una crítica a la legislación y al exceso del “normativismo”, pues se pregunta sobre qué cosas se tendrían que normar en una ciudad donde los hombres han recibido una educación de bien. Sin embargo, esto nos lleva a otro tema: la legislación de las leyes fundamentales. Sobre este último punto Platón opta por una visión religiosa y tradicional, pues cree que aquí los hombres no tienen nada que ver, ya que este es un asunto de dios y la ley divina.
En conclusión, hay una secuencia en la unidad del individuo y la ciudad en Platón: dotes naturales que se perfeccionan con la educación; el cumplimiento de la función que a cada individuo le pertenece; la unidad de la ciudad como consecuencia de esto; y, finalmente, la ley divina y dios como regidor de los asuntos fundamentales de la humanidad.


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