CRÍTICA AL LIBERALISMO MODERNO (Y POSTMODERNO) DESDE LA EDUCACIÓN LIBERAL

Carlos Eduardo Pérez Crespo

Los que siguen este blog saben que nos venimos dedicando a la reflexión sobre los fundamentos del liberalismo político. Siguiendo al gran Norberto Bobbio, en su libro Liberalismo y Democracia (México D.F.:Fondo de Cultura Económica, 1993), podemos decir que este tiene tres principios fundamentales. El primero es el de los derechos del hombre, inspirados en la doctrina del iusnaturalismo, según la cual al individuo le pertenecen ciertas características y derechos naturales: la vida, la auto-preservación y la libertad. Asimismo, esta doctrina va acompañada de la idea según la cual los individuos tienen la capacidad racional para establecer contratos, lo cual ha sido considerado como la doctrina del "contractualismo", pilar del constitucionalismo moderno.

La segunda característica del liberalismo político es la concepción del Estado con poderes limitados y un alcance mínimo. Tal como dejó en claro Carl Schmitt en Sobre El Parlamentarismo (Madrid: Tecnos, 1990), el liberalismo no es una teoría sobre el Estado, sino una ética sobre lo político. ¿Por qué? Pues porque la teoría del Estado supone comprender lo estatal desde la misma política. Es decir, desde esa maquinaría monstruosa que tiene la capacidad de disponer de la vida de las personas según las circunstancias extremas como la guerra. De este modo, el liberalismo apuesta por la división de poderes, separando el ámbito de lo legislativo, lo ejecutivo y lo judicial; ya que, en apariencia, esta división es la única garantía para evitar el abuso del poder y la arbitrariedad. ¿Cómo, entonces, el liberalismo limita el poder? Esto lo hace a través de dos armas fundamentales: las Leyes y la Constitución. El liberalismo político tuvo la gran proeza de crear normas que regulen la vida social y política, por lo cual las leyes ocuparon el rol que cumplía la virtud (areté) en el mundo clásico: se trataba de moderar lo mejor posible los apetitos irracionales de la fortuna (tyche), que en nuestro planteamiento estaría más cerca a la política. Evidentemente, los liberales modernos no son capaces de reconocer que en la modernidad la política es análoga a la tyche y que la ley a es semejante a la areté.

Finalmente, como consecuencia de lo anterior, el liberalismo enaltece el antagonismo, extrapolando la dinámica de la competencia económica al ámbito de la política. Este elemento es fundamental puesto que el individuo ahora tiene para sí una esfera en la cual están sus asuntos privados -creencias religiosas, perspectivas sobre la vida, ideas políticas, etc.- y por otro puede discrepar o deliberar públicamente con otros tan racionales como él, por supuesto. Ojo que en este punto el liberalismo político reconoce la "fecundidad del antagonismo" (Cfr. Bobbio) no el de la enemistad, como podría plantear Carl Schmitt (amigo-enemigo), porque de lo que se trata es de que el antagonismo es una situación de discrepancia o de un "desafío de las diferencias", más no situación tan extrema que puede desembocar en una guerra.

Sin embargo, el liberalismo político habría dejado en el camino un punto central que Leo Strauss ha tratado de re-valorizar en su libro Liberalismo Antiguo y Moderno (Madrid: Katz Editores, 2007). El autor explica cómo la Educación Liberal se caracterizaba por tres puntos centrales. Primero por el cultivo de la excelencia, que no es otra cosa que el cultivar la mente a través de la lectura de los libros de las más grandes mentes, lo cual supone estar nutrido de una formación humanística y letrada. En ese sentido, reflexiona el autor, la Educación Liberal tiene sus orígenes en la tradición clásica: "Sócrates nunca escribió ningún libro, pero sabemos que leyó muchos" (Cfr. Strauss 2007).

Por otra parte, la Educación Liberal se caracterizaba por la búsqueda de la excelencia humana a través de la virtud cívica. Este cultivo del alma y la espiritualidad no tendría sentido si es que no se enfocaba a desarrollar un sentido de ciudadanía; pero que, como se podrá sospechar, no se refiere al tipo de ciudadanía liberal-moderna. A diferencia de esta, la Educación Liberal estaba guiada a la creación de una aristocracia del saber y de la virtud. En ese sentido, los educados liberalmente eran iguales "entre sus iguales" y eran los llamados al gobierno, puesto que eran los que habían sido entrenados para ejercer el buen gobierno con la moderación. Finalmente, la Educación Liberal cultivaba la responsabilidad cívica. Esto significaba que el aprendiz tenía que estar comprometido de cuerpo y alma con los asuntos de su ciudad no sólo en la esfera pública, sino también en su propia vida privada. El hombre virtuoso lo es en la Asamblea al participar activamente; así como también atendiendo y cuidando a su familia en el ámbito de lo privado. Por tanto, a diferencia del liberalismo moderno, la Educación Liberal clásica planteaba una visión más completa y espiritual de la vida política, superando la división moderna entre la libertad "positiva" y la "negativa" (Cfr. Constant; Berlin).

Es legítimo que nos preguntemos, así como lo hizo Strauss, si es que la la Educación Liberal es posible en el ámbito de la democracia moderna. Según Strauss la Educación Liberal es el intento de crear una aristocracia dentro de un contexto de sociedad de masas. Sin embargo, vemos claramente cómo esto es puesto como un baladí porque lo que interesa en nuestra era globalizada son otras cuestiones: el dinero, el interés y la inmediatez de las circunstancias, tan veloces como el fast-food del McDonalds o los video juegos hoy en boga. En un contexto en donde lo único que importa es la imagen y el placer, la Educación Liberal no tiene ya más sentido porque no podrá ser ni estimada ni comprendida en su vastedad. Pero decir esto, desde una perspectiva liberal clásica, es lo mismo que decir que la vida política ya no tiene sentido. Pero ese es realmente el problema: la modernidad y el liberalismo más lato nos plantean un sin sentido en pro del mero placer y la inmediatez, privatizando la libertad y la política.

Esa inmediatez encuentra una nueva manifestación. Encontramos esta en el llamado pensamiento post-moderno. Desde una perspectiva no-liberal, la llamada post-modernidad es el gato disfrazado de liebre. Puesto que la post-modernidad, parafraseando a Lenin, sólo es la fase superior del liberalismo moderno. Es realmente curioso cómo nuestros vecinos reaccionarios no se han dado cuenta que su aferramiento a la post-modernidad es el aferramiento al mismo paradigma moderno-liberal que se aleja cada vez más del mundo clásico. La pregunta de rigor y de combate, en su real dimensión, es: ¿Qué Hacer?; no "¿Cómo volver?".

Comentarios

Geviert-Kreis ha dicho que…
La pregunta de rigor y de combate, en su real dimensión, es: ¿Qué Hacer?; no "¿Cómo volver?"

sin duda ese "cómo volver" es una pregunta sumamente ociosa que se debe evitar. Una nueva derecha política no puede permitirse semejante laxismo. No se vuelve a ningún sitio, salvo a tu casa. Proyectarse en un pasatismo áureo, en una laxa arcadia donde todo "fue mejor", es un mesianismo invertido que sirve solo para soportar el propio parasitismo voluntario en el presente. Se note que es un parasitismo simétrico a cualquier "post-cualquier cosa", pero dirigido al "futuro". Es pues, como se dice por acá, un "mito incapacitante". Esto no comporta obviamente una mera actitud "iconoclasta" hacia la denominada tradición, es decir, hacia la Über-lieferung: lo acontecido que es entregado (liefern), desde el pasado, a través de nosotros (über). Precisamente es en ese "über" donde la primera pregunta toma su real dimensión en el presente puntual.

retomo el resto del post en su momento. Por ahora propongo otro termino más preciso para definir el post-modernismo como fase superior del liberalismo moderno:

Tittytainment

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