¿POR QUÉ NOS EQUIVOCAMOS TANTO LOS POLITÓLOGOS?
Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo
Se dice que los politólogos suelen “patinar”. Para los
que no saben qué es “patinar”, sin ánimos de hacer una exégesis del “Habla
Culta” de Martha Hildebrandt, el verbo se refiere al hecho de equivocarse
reiteradamente y de manera torpe. Hace tiempo quería presentar algunas
reflexiones sobre por qué los politólogos nos equivocamos siempre en nuestras
predicciones y explicaciones de escenarios o fenómenos políticos. Una de las predicciones
erradas más célebres: “Humala no pasa a la segunda vuelta de las elecciones del
2011. Ya fue”. Aunque esta otra tampoco se queda atrás: “Humala representa un
modelo de izquierda moderna (tipo Lula da Silva) en el Perú”. Bueno, no quería
hacerlo, pero no puedo evitar mencionar esta: “Keiko no tiene posibilidades
como candidata presidencial”. Creo que la razón de tanta “patinada” está en tres
principales razones que pasaré a esbozar muy brevemente.
Para empezar por soberbia. Los politólogos creemos que lo
sabemos todo sobre lo político y que sólo nosotros tenemos la verdadera piedra
filosofal sobre los fenómenos políticos, lo cual hace que tendamos a despreciar
explicaciones desde variables sociológicas, filosóficas, culturales o antropológicas.
Pero este defecto está en el mismo corazón de la disciplina. Es gracias –o también
se podría decir por desgracia – al politólogo italiano Giovanni Sartori que desde los textos más
básicos de ciencia política se enseña que lo político es un fenómeno
analíticamente autónomo, distinto y claramente investigable, capaz de
explicarse a sí mismo desde las instituciones (diseño institucional), los
actores políticos (la teoría de la agencia) o los incentivos o castigos (el neo-institucionalismo
aplicado al análisis de las políticas públicas). Supuestamente dicen que esto lo inició
Maquiavelo. Pero basta con leer “Los Discursos de Tito Livio” para demostrar
que no es cierto. El problema es que esto hace que los politólogos nos sintamos
autosuficientes desde nuestras teorías que a todas luces son muy débiles: ¡Vaya
que hay que ser demasiado cuadriculado para pensar que lo político sólo pasa
por las instituciones!
En los cursos de metodología, que he tenido la
oportunidad de enseñar por algunos años en la PUCP y la UARM, usamos distintas
herramientas para minimizar nuestros errores en la medida de lo posible. Pero
como profesor de métodos debo admitir también que nuestras armas metodológicas
tienen una serie de vacíos muy difíciles de esconder. Hacemos magia, pero no
milagros. Por ejemplo, mis alumnos siempre me han preguntado en qué se basa nuestro criterio
para operacionalizar variables o utilizar ciertos indicadores y no otros,
porque muchas veces parece que se hiciera al libre antojo y albedrío. Lo cual nos
lleva siempre a la misma conclusión: los enfoques de la ciencia política para
entender lo político muchas veces son bastante limitados y tenemos la soberbia
de no admitirlo.
La segunda razón es el desconocimiento de las ciencias
económicas. No es un secreto que los politólogos han copiado mucho del método
científico de la economía. De hecho en su libro sobre método y ciencia, Sartori
dice explícitamente que la economía es el modelo de ciencia a seguir de la
ciencia política. Esto ha causado que los politólogos abracemos con mucha
fuerza los métodos cuantitativos, asumiendo que eso hará más sólidos nuestros
hallazgos empíricos. Pero lo cierto es que los politólogos en su mayoría se han
amparado más en los modelos de la estadística descriptiva y probabilística
bayesiana que en los modelos matemáticos de la microeconomía y la macroeconomía.
Esto tiene una sencilla razón de ser: los politólogos saben aritmética, pero no
álgebra que es, al final de cuentas, la madre de las ciencias económicas.
Esto hace que los modelos cuantitativos que los
politólogos establecemos tengan siempre “márgenes” de error. Y para mala suerte
–o por tercos en realidad- siempre los resultados están un poco más allá de
nuestra aceptable margen de error. En cambio los modelos algebraicos de la
econometría y las teorías micro y macro económicas suelen ser mucho más
exactos. Esto hace que la imitación de la ciencia política a la economía sea en
verdad bastante reduccionista y muchas veces caricaturesca. Para decirlo con
todas sus palabras, un análisis de las elecciones presidenciales con Pearson o
Chi cuadrado no se compara a la complejidad del modelo Mundell-Fleming, el modelo Oferta Agregada-Demanda Agregada o
el modelo de Okun. En ese sentido, a los politólogos nos falta mucho que
aprender sobre los modelos cuantitativos de alto calibre para poder hacer
predicciones más exactas. De lo contrario, nuestras teorías seguirán pareciendo
una caricatura de la economía, o peor aún una hermenéutica postmoderna muy mal
elaborada.
Por último, y no menos importante, nuestros errores son
mucho más notorios porque muchos de mis colegas son excesivamente poseros –no todos
por supuesto, hay algunos que son tan perfil bajo que merecen tener un
monumento desde su anonimato. Creo que un fenómeno reciente es el hecho de que
algunos politólogos, enfatizo la palabra “algunos”, tengan una excesiva
exposición en los medios de comunicación, con una actitud un poco arrogante
sobre la explicación de los fenómenos políticos. Además, siempre hablan de todo
un poco y no entiendo por qué. Si cae una bomba en Siria, hablan. Si revocan a
Villarán también. Si Gregorio Santos se tropezó con una piedra tienen que
analizarlo. Y si Humala mañana se resfrío pues tenemos que comentarlo. Hemos
llegado al absurdo de comentar sobre la “viabilidad” de tener un Presidente influenciado
por su esposa. Lo cual hizo que en unos de mis cursos un alumno me preguntara
si había una teoría política sobre las primeras damas. No me molestó la pregunta,
en absoluto, pero debo decir que… ¡Todo eso es una maldita locura! ¿Qué acaso
somos eruditos para saberlo todo? No lo creo.
No es por ofender a nadie, ya que por supuesto que me enorgullezco
de ver a mis colegas triunfar con la oportunidad de salir en la TV, pero no
puedo negar que siempre siento un tufillo de arrogancia o soberbia cuando los
veo hablar de política. Al escucharlos siento como si los politólogos en
realidad estuvieran pensando “Muchachos, se acabó el recreo y el vacilón, ahora
viene la explicación política de verdad: la explicación del politólogo”. Esto
es a todas luces absurdo y no entiendo por qué hemos causado tal sensación. Es
desagradable y antipática. Sólo me queda totalmente claro que la ciencia política
no es una ciencia arrogante per sé. Por el contrario, es muy escéptica. Así que
este fenómeno del politólogo sobre-expuesto a los medios tendrá que encontrar en
su momento una moderación, ya que a la larga puede ser perjudicial para todos
aquellos politólogos que quieren hacer una carrera alejada de los medios de comunicación.
Además que para ser analista político no necesitas ser politólogo. Sólo
necesitas ser muy erudito y tener muy buen sentido del humor –o ser el dueño de
un medio de comunicación, por supuesto.
No quiero terminar este post sin antes dar una razón
adicional o “bonus track”: los politólogos nos equivocamos mucho porque nos ufanamos
demasiado de nuestra capacidad para gestionar. Pero en realidad no hemos gestionado mucho. La única manera de aprender gestión pública es haciendo política o haciendo negocios. Es la triste y dura realidad.



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