LA FILOSOFÍA COMO PUNTO DE LLEGADA, NO DE PARTIDA
Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo
Pocos saben que antes de estudiar ciencia política quise
estudiar filosofía. De hecho ingresé a esa carrera y estuve mentalizado los dos
primeros años de mis estudios de humanidades en que esa sería mi profesión. No
sabía bien por qué ni para qué iba a estudiar ello. Al inicio me tenía sin
cuidado. Pero a medida que iba terminando mis cursos para entrar a la facultad,
el cuestionamiento era mucho mayor: “¿es la filosofía una profesión? Y si en
caso lo es, qué es lo que hace y cuál es su aporte a la sociedad”.
Una limitación que tuve era que mi modelo de referencia de un filósofo estaba muy ligado a la concepción de los antiguos:
una persona que se dedicaba a la reflexión y contemplación. Y eso se debe a que
mi primer contacto con la filosofía fue a través de Platón. El primer texto de
filosofía que leí fue “Fedro”. Luego de ello siguió “El Banquete”. Recuerdo que siendo apenas un cachimbo regresé
caminando desde la universidad hasta mi casa intentando leer “El Discurso del
Método” de Descartes. Pero el texto se me hacía muy extraño y raro, porque no
sentía a las personas de carne y hueso en él. Era como si me estuviera hablando
a mí mismo, pero no filosofando en el sentido originario que había encontrado
en los textos de Platón.
En ese sentido, llegué a concluir muy prematuramente que la
actividad filosófica sólo podía ser posible en el ocio. Y vaya que me convencí
más de ello cuando leí a Thomas Hobbes decir lo siguiente: “leisure is the
mother of philosophy”. Poniendo las cosas en ese sentido, me percaté poco a
poco de que había una distancia muy grande entre la enseñanza de la filosofía
como análisis de libros o textos, y lo que era propiamente la enseñanza de
experiencias procesadas filosóficamente. Es decir, no es lo mismo un
profesor que te explica lo que quiso o no decir Hegel en un párrafo de su libro
sobre la "Fenomenología del Espíritu", que un maestro que te enseña el sentido de la libertad
en experiencias que él mismo ha vivido en carne y hueso, pero procesadas y
racionalizadas filosóficamente a través Kant y Hegel. Hay un abismo muy grande
entre estas dos actividades: el primero es básicamente un profesor; el segundo
es un sabio o un maestro –en el sentido originario que siempre ha tenido esta
palabra.
Otro punto del que me percaté antes de seguir con la
carrera de filosofía era que la filosofía no podía estar ni en las aulas ni en
la universidad. Si de verdad me interesaba la labor filosófica tenía que estar
más bien fuera de lo académico y mucho más cerca de la experiencia. Era tal y
como los antiguos habían pensado que era la labor filosófica: una actividad
ligada a la acción política o ética, para luego recién desenvolverse en la
contemplación. Es evidente que mis amigos filósofos de profesión no compartirán
esta visión de las cosas, debido a que hay modelos de filósofos contemporáneos
que se dedican a la investigación y enseñanza de los textos filosóficos. Pero
en realidad considero que estos importantes filósofos de profesión son
fundamentalmente docentes, no necesariamente filósofos (aunque no descarto que estos
dos puedan complementarse).
En ese sentido, ser filósofo no debía ser, en mi opinión,
una carrera profesional. Noté que la universidad y las aulas degeneraban, en
cierto sentido, la actividad del filósofo porque lo vuelve un esclavo de la
docencia. El pensamiento necesita su momento especial. Necesita de ocio, de
tranquilidad. Pero las clases son angustiantes: hay que
prepararlas, corregir exámenes, asistir al dictado y repetir todo esto en
muchos lugares más, debido a que para sobrevivir como filósofo de profesión hay
que dictar en cuanta universidad sea posible. Esto de ninguna manera puede
parecerse a lo que los filósofos antiguos tenían como modelo de vida. Aunque luego me puse a pensar que quizás el problema real era que la filosofía como profesión sí podía existir en sociedad desarrolladas, como la europea o norteamericana, pero no en el Perú. Más aún porque en el Perú la prioridad no es la filosofía, sino las actividades para el crecimiento y la producción, debido a que somos un país en vías de desarrollo.
Para estar seguro de que la carrera de filosofía no era
conveniente para mí, tenía que sacarme el clavo leyendo un texto que
para mí era mítico. Aproveché al máximo mis clases de pregrado en filosofía
para afrontar el texto que tenía la respuesta a mis dudas: “Así Habló
Zaratustra”, de Nietzsche. Cuando leí las primeras páginas del texto e
imaginé a Zaratustra descendiendo de las montañas, más que las
interpretaciones del sabio que viene a decirle al mundo lo estúpido que es, me
puse a pensar que Zaratustra sí se había esforzado por ser un
filósofo en el sentido que yo siempre había imaginado. Es decir, una persona
que entendía que la filosofía era una experiencia espiritual que, de alguna
manera, estaba alejada de lo mundano y lo inmediato. No sabía si lo que Zaratustra había concluido en sus refranes era cierto o no. Pero la sola idea de lo que intentó hacer me hacía pensar que su vida misma era un intento de hacer filosofía.
Sólo después de ello me di cuenta de que la filosofía,
tal y como la había entendido siempre, no podía ser para mí un punto de
partido, sino más bien un punto de llegada. Tenía que estudiar otras cosas, explorar muchos caminos, vivir muchas experiencias e ir procesando poco a poco de manera vital e
intensa todo ello a través de mis propias lecturas filosóficas. No tenía ningún interés en ser un
profesor de historia de la filosofía. Tampoco en analizar lo que los filósofos
quisieron o no decir en sus libros. Siempre pensé que los filólogos eran
mejores para ello.
Por último, tampoco confié nunca en que la realidad de la
teoría filosófica debía aplicarse al mundo real. Una vez un amigo filósofo tuvo la iniciativa de hacer un portal web o blog para que funcionara como un Ágora. Eso fue
mucho antes del Facebook. Como imaginarán, no tardó mucho tiempo para que su Ágora
se convirtiera en una guarida de trolls y argumentos falaces sin sentido. Todo
ello me indicaba que los textos filosóficos no podían aplicarse como un
manual a la realidad. Y eso es porque la filosofía no es una profesión, sino un sistema de vida que uno va descubriendo poco a poco y con mucho sufrimiento. En eso estoy mucho más de acuerdo con Dante Alighieri.



Comentarios
Muy buen articulo C. Eduardo, estoy de acuerdo contigo, la filosofía es un punto de llegada, un estilo de vida, un conjunto de experiencias que te enseñan a enseñar, y un acto espiritual, esto lo comparto desde un punto de vista juvenil, ¡qué joven no es filósofo!, por lo menos un poco. Por cierto, aún guardo mis escritos de juventud, cuando me creía algo filósofo, te comento que mi filosofo de referencia era Engels, ya sabes más o menos de qué tratan. Me gustaría un día mostrártelos, nos vemos, saludos.