La secularización debe entenderse como un proceso dual
Carlos Eduardo Pérez Crespo
La
secularización debe entenderse como un proceso dual. Por un lado, como ha
señalado Gonzalo Gamio (2007), es un proceso de experimentación y pensamiento
de la temporalidad, entendido en la expresión saeculum, que significa “epocal” o “temporal”, lo cual quiere decir
que es un proceso de remisión de las vivencias en el mundo ordinario y humano,
no trascendente y atemporal. Y, por otra parte, también es una dialéctica, como
ha indicado Marcel Gauchet (2005), entre una comprensión de la salida de la
religión como forma de organización social, es decir, como principio ordenador
de las relaciones sociales, políticas y culturales, y la construcción de un
orden autónomo, en donde el ser humano y su temporalidad, fragilidad y
espontaneidad se autogobiernan y se autodeterminan sin necesidad de un orden
trascendente.
Según
Charles Taylor (2009) en su libro A
Secular Age, la secularización debe entenderse desde dos significados. El
primero como un declive de la creencia y práctica religiosa; y el segundo como
la retirada de la religión del espacio público. El origen de ello se ha
presentado, según el filósofo canadiense, desde dos explicaciones. La primera
teoría considera que el declive se debe al importante papel que la ciencia y
toda la teoría darwiniana de la evolución ha cumplido en el conocimiento de
nuestra naturaleza, lo cual habría causado una pérdida de la creencia religiosa
y, por extensión, del rol social que cumplía la religión. Por otra parte, la
segunda teoría más bien considera que primero la religión fue relegada y
disminuida del espacio público y lo político, lo cual habría generado después
una consecuente pérdida de la creencia y práctica religiosa en la esfera
privada.[1]
Asimismo,
Taylor (2009) sitúa el origen del proceso de secularización en la reforma
protestante, puesto que es aquí donde se produce el quiebre teológico de la
creencia religiosa y la relación con lo sacro sin intermediación. De este modo,
el autor canadiense considera que el resultado más importante de todo esto es
que el foco de lo religioso se identificó más con la experiencia individual que
con la pertenencia a una comunidad religiosa. La consecuencia en la
organización social es que se habría pasado de un tipo de sociedad jerárquica
en la relación entre lo sacro y humano, a una sociedad mucho más horizontal en
donde el lugar de Dios no es en lo sacro, sino en una forma providencial en
donde afecta a todos por igual.
No
obstante, el proceso de la secularización no ha significado el fin de la
religión, como ha reconocido el mismo Marcel Gauchet (2005) en su debate con
Paul Valadier. La religión se presenta, principalmente, como relación. Como
experiencia que es terrenal pero también trascendente. El importante
historiador inglés Eric Hobsbawm (1996), por ejemplo, ha situado a la religión
como un fenómeno social que entra en crisis en el s. XVIII, ya que la
secularización se presenta como un proceso que va de la mano con el proyecto
racionalista moderno y los procesos históricos que son consecuencia del
proyecto ilustrado. Así, para Hobsbawm se encuentran como consecuencia de la
secularización a la revolución francesa, la revolución científica, el
capitalismo industrial y la separación entre el Estado y la Iglesia.
En
esa misma línea de razonamiento de Hobsbawn, en el Liberalismo Político, Ralws (2005) afirma que una Razón Pública en
democracia supone el establecimiento de una democracia constitucional, en la
cual se establezca un consenso político sobre lo religioso. Este consenso es beneficioso
tanto para la misma religión como para la política, y consiste en la renuncia a
cualquier pretensión hegemónica o comprensiva de lo político desde el mundo de
lo religioso. La política, nos dice Rawls, debe ser ajena al conflicto
religioso o a categorías de razonamiento religioso, poniendo entre paréntesis a
Dios en los temas que atañen a nuestra libertad. Esto supone un proceso de
tolerancia y de aceptación de una concepción razonable de justicia. Sin
embargo, como se ha señalado en distintas críticas, el debate es si es
políticamente posible pensar en una abstracción de las identidades religiosas y
políticas, siendo estas expresiones mismas de la cultura política.
Por
esta razón, a diferencia de lo señalado por Hobsbawm y Rawls, el hecho de que distingamos
entre Iglesia y Estado no supone que en las relaciones sociales se distinga
siempre entre religión y política. En ese sentido, se debe afirmar que existe
de facto una secularización en el mundo contemporáneo, pero que, al mismo
tiempo, lo irracional también se ha instalado en nuestras vidas y en las
sociedades modernas, como es el caso de la existencia del carisma en la
política, descrito por Max Weber como una de las formas más importantes de
legitimidad y dominación política modernas. De esta forma, podemos comprender
que la religión, a través de lo sagrado, se transforma en el instrumento para
organizar los fines, los sentidos, la moral y la vida cotidiana de las
sociedades contemporáneas.
Referencias
Hobsbawm, E. (1996). Age of revolution: 1789-1848.
Hachette UK.
Gamio, G (2007). ¿Qué es la secularización? Reflexiones desde la filosofía política. Páginas: Centro de estudios y publicaciones, 32(207), 32-41.
Gauchet, M. (2005). El desencantamiento del mundo: una
historia política de la religión.
Manent, P. (1996). An intellectual history of
liberalism. Princeton University Press.
Taylor, C. (2009). A secular age. Harvard
University Press. USA.
[1] Según el importante filósofo
francés Pierre Manent (1996), este proceso de autonomía del poder político
sobre el religioso ha sido una tensión producida en la sociedad europea, pero
que finalmente terminó con la autonomía de lo político por sobre lo religioso
como consecuencia de la hegemonía de la monarquía absoluta. Esto permitió que
la monarquía presentase al Rey como cabeza política y religiosa de su propio
reino. Por tanto, la monarquía europea logró dos procesos simultáneos. Primero,
la unión política del trono y el altar, siendo el Rey un buen cristiano, hijo
de la Iglesia y máximo jefe de Estado y de gobierno. Además, en segundo lugar,
la monarquía logró la autonomía del poder político del reino frente al poder
político de la Iglesia. Siendo de este modo, la monarquía como forma política
logró presentarse como la única forma política exitosa y autónoma frente al
poder político-religioso eclesiástico: “se estableció un compromiso entre lo
religioso-sagrado y lo cívico-sagrado, haciendo del Rey la pieza clave del
sistema sacro-político […]. Así, uno puede presentar este problema casi en
forma matemática: “dadas ciertas características de la Iglesia Católica,
encontremos la forma política X que haga posible asegurar un mundo secular
independiente” (Manent 1996, p. 8-9).



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