MAX WEBER CONTRA EL MÉTODO POSITIVISTA PARA ESTUDIAR LA POLÍTICA


* Nos parece preciso este extracto del texto de Max Weber en la discusión sobre la objetividad de las ciencias sociales. Nosotros creemos que el modelo positivista para el estudio científico de lo político es totalmente ajeno al intento weberiano de una "cientificidad comprehensiva". Más bien, el modelo positivista fue llevado a su máxima expresión por el materialismo e historicismo marxista, pues este estableció la clara distinción entre lo ideológico" (el mundo de las apariencias) y lo "científico" (el mundo de la Verdad) en el estudio de la política. Por el contrario, Max Weber tenía muy claro que la construcción de una disciplina científica en las ciencias sociales no podía dejar de lado la "ética de la responsabilidad". Para decirlo más claro: el científico político tiene que asumir la responsabilidad de sus acciones e ideas, es decir, del objeto de estudio que está desarrollando y sus consecuencias prácticas en la política. Por ejemplo, Weber se declaró liberal y pro régimen parlamentario en Alemania. Asimismo, censuró y criticó duramente el legado autoritario de Bismarck y el radicalismo de los comunistas. No obstante, a pesar de todas estas posturas políticas de "responsabilidad", nadie puede negar el carácter científico de sus estudios sobre la burocracia, el parlamento y la democracia alemana de inicios del s. XX. Desde el s. XIX ha quedado bien claro que el carácter "científico" de la ciencia política no reside en la separación sujeto-objeto del positivismo comteano y marxista; sino en el método para "comprender" la política como una parte esencial de la vida humana (es decir, de nuestra propia vida). En ese sentido, Weber tenía muy claro que la política (y su estudio científico) es sobre todo una praxis, no una mera episteme. Politólogos, nuestro imperativo es releer a Max Weber.

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Weber, Max. La política como profesión (EXTRACTO).

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Tenemos que ver con claridad que toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí e irremediablemente opuestas: puede orientarse mediante la “ética de la convicción” o conforme a la “ética de la responsabilidad”. No es que la ética de la convicción sea idéntica a la falta de responsabilidad, a la falta de convicción. No se trata en absoluto de esto. Pero hay una diferencia abismal entre obrar según la máxima de una ética de la convicción, tal como la que ordena (religiosamente hablando) “el cristiano obra bien y deja el resultado en manos de Dios”, o según una máxima de la ética de la responsabilidad, como la que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción.

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Es cierto que la política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza. En esto tiene toda la razón quienes defienden la ética de la convicción. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o conforme a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo conforme a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación que ustedes no creen “estéril” (la excitación no es ni esencialmente ni siempre una pasión auténtica) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: “El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros para quienes yo trabajo y cuya estupidez o cuya abyección yo extirparé”, lo primero que hago es cuestionar la solidez interior que existe tras esta ética de la convicción. Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto. Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro (de pocos o muchos años, que eso no importante), que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: “No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede, en efecto, presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente. Desde este punto de vista la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener “vocación política”.

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La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay que se un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Incluso aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse desde ahora de esa fortaleza de ánimo que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de realizar incluso lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un “sin embargo”; sólo un hombre de estas características tiene “vocación” para la política.

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